Teresa Vergara
Domínguez, una mujer de Álora, en el Lázaro Galdiano de Madrid
Febrero, 19 jueves
Cuando se pintó el cuatro tenía veinte y pocos años (veinte, y tres más, según el catálogo del museo) tenía cuando se pintó el cuadro. Rostro serio, mirada perdida, chal rojo con flecos sobre los hombros. Cae sobre un vestido blanco impoluto. Un moño recoge una mata de pelo negro. De fondo, arboleda tupida y verde. La señora se sienta sobre un banco de piedra. Está en el jardín de su casa: Aravaca, cuando era campo y, todavía, no la había devorado la gran ciudad. En las manos un libro del que interrumpe la lectura.
Balaca, el pintor.
Ricardo Balaca nació en Lisboa, el último día de diciembre de 1810.
Circunstancialmente, su padre, trabajaba allí. Es pintor de pincel claro y
escuela. La valoración le viene, además de por el retrato (el que nos ocupa)
por otros: la guerra civil del norte de España, en las Guerras Carlistas,
Doña Teresa Vergara Domínguez, es la señora del cuadro. Nació en Álora el 7 de septiembre de 1852. Vivió en la calle del Calvario. Huérfana de madre, a los ocho años, la acogen sus tíos. Posteriormente hay una duda, si su padrino era cónsul de Italia en Málaga o embajador en Madrid. Recibe una educación esmerada. Conoce, en la capital, al pintor con quien se casa a los dieciocho años. Del matrimonio nacen dos hijos. Con veintisiete enviuda. Avatares de la vida le hacen desprenderse de su retrato. Muere octogenaria en 1936.
Ahora, desde una pared, escoltada por obras de Valeriano Bécquer
y Esquivel, desde su pequeño cuadro, ve como pasa el tiempo y los visitantes,
algunos paisanos que ella no pudo ni soñar que irían a “hacerle una vista” ante
sus ojos. En la puerta vigila un hujier.
Es, que sepa, el único retrato de mujer de Álora que se cuelga en un
museo madrileño y si, además, es de la excelencia del Lázaro Galdiano, miel
sobre hojuelas. Otras veces he escrito de ella; hoy, he creído oportuna
recordarla…
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