Febrero, 14 sábado.
Esta mañana, mientras el viento zarandeaba
media España ponían en televisión un reportaje de Cantabria. Hace unos años que
no voy por allí. La última vez, en un curso de verano de la Menéndez Pelayo, en
la Magdalena, en la capital, en Santander. En las ponencias, entre otros: Vargas
Llosa y Carmen Posadas…
Todo aquel verano tuvo cosas para no olvidarlas:
la península donde se asoma al mar el palacio. Por cierto, desde esa bahía,
dicen, que se puede ir a cinco mares. Yo, por lo pronto, solo la crucé para pasar
una tarde y parte de la noche, en frente, en Pedreña… Algo inolvidable.
Monumento, homenaje a José
María de Pereda.
Fue también inolvidable el reencuentro con Pereda. La búsqueda por las librerías que tenían apurados sus libros descatalogados. Tampoco había que pedir tanto. Con solo ver el monumento que le tienen levantado y luego callejear y asomarse a la bahía y gozar de ese mar es algo que uno se ratifica en que está en unas de las ciudades más señoriales, con empaque y buen gusto de España.
Esta mañana mostraban, también, parte de
esa galerna que azota desde el mar y los paisajes idílicos que se asienta en
toda su tierra: Comillas, San Vicente de la Barquera, Potes, La Liébana, el Desfiladero
de la Hermida... Era un reportaje filmado en esa primavera de principios de verano
que se suele implantar por aquellos lugares.
Desfiladero de la Hermida
Solo tiene un inconveniente: está en la otra punta del mapa…
¡Me cachis, no se puede tener todo!
Convendrán
que si los publicistas de Cantabria, cuando los niños cantábamos, en la escuela,
sobre el mapa de huele y puntero en mano: “Castilla la Vieja tiene ocho
provincias: Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila…’- lo cazan…
Dios, ¿cómo le ponemos al niño? Y, es que, además, es verdad que “España limita
al norte, con el mar Cantábrico…”
Galerna en el Cantábrico
Mar
profundo, cielo azul, prados verdes donde pastan vacas de pelos castaños y
miradas indiferentes. Ese lugar que algunos vemos en la otra punta del mapa
como el sitio ideal para huir de la calor que achicharra cuando llega agosto,
que vendrá, a pesar de una noche como la pasada y uno tenga que hacer un acto
de fe para creerlo….
Por lo
pronto me voy a quedar con el fragmento de la letra de Jorge Sepúlveda. Lo muestran
en una placa, en el paseo, junto al mar: “Santander, al marchar te diré / guarda
mi corazón / que por él volveré”. La tardanza es la mala.
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