Álora. El Cerrillo de Poco Pan y El Chinar. Foto Guerrero Strachan ¿Año)
Febrero, 7 sábado.
Estamos en el vértice norte de lo que antes se llamaba la Hoya de Málaga; ahora, valle del Guadalhorce. Por donde nace el sol, los Lagares y un poco más allá, casi en el horizonte, los Montes de Málaga. Por donde se pone: el pie de monte de la Serranía de Ronda. En el horizonte se recortan la Sierra de Mijas, la de las Nieves con la Torrecilla, Sierra Blanca Alcaparaín.
El monte más cercano, El Hacho. Siempre se mira casi con veneración; en estos días, además, con preocupación. Aquí, por ahora, no ha caído el disparate de agua que el cielo ha descargado un poco más allá. Solo un poco más allá. Nuestros hermanos, lloran; a nosotros, nos tocó no hace mucho. Ahora… ¿Qué toca ahora? No lo sé. Solo sé de mi impotencia.
La vega la surca el río Guadalhorce. Pepe Rosas, el más grande folclorista que ha dado la historia de Álora, acuñó algo irrevocable: “Del río allá, cante y baile; del río acá, cante”. O sea, en la margen izquierda, verdiales: se canta y se baila; en la de este lado nació la Malagueña Cunera. Palo duro, recio, de esos que pone a quien se atreve con ella, en su sitio si no lo hace bien.
Desde la época musulmana muchos viajeros recorrieron esta tierra. Dejaron en escritas sus impresiones. El Barón de Davillier anduvo por España en 1862, aunque ya había venido con antelación. En compañía de Gustavo Doré emprendió un viaje. La experiencia bajo el Título de L’Espagne, se publicó, por entregas en Le Tour du monde.
Pretendieron
mostrar una España real, alejándose de los clichés románticos exagerados,
aunque capturando lo pintoresco. Se publicó en 1874, y es famoso, también, por
los 309 grabados de Doré sobre toros, monumentos, gitanos y paisajes.
El Barón era
un hombre erudito, experto en artes decorativas y cerámica hispanoárabe. Nos
vio así:
“Antes de dejar Málaga, quisimos hacer una incursión por la Hoya,
hermosa llanura que se extiende entre el mar y las montañas. Atravesamos una de
las llanuras más bellas y fértiles de Andalucía y del mundo entero, donde las
palmeras se alzan graciosamente por encima de los campos de caña de
azúcar. La pequeña ciudad de Álora,
donde se detiene hoy el ferrocarril, está situada, sobre una altura coronada de
pequeñas ruinas, y por encima de la cual se levanta la sierra del Hacho.
Llevábamos una carta de recomendación para un propietario de Álora, que nos
enseñó magníficos campos de naranjas y limoneros. Ya empezaban las naranjas a
tomar su bello color dorado, y aunque aún no estaban maduras, vimos cargar
vagones enteros para la capital”.
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