domingo, 1 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cuatro pilares

 




Febrero, 1 domingo.

 

Dicen que el pilar es lo que hace que suba el edificio; la cimentación lo sostiene; las paredes lo resguardan y la techumbre lo protege de los aguaceros, de las nevadas – donde cae nieve, claro – y de los soles.

La novela española tiene cuatro pilares: Cervantes, Galdós, Baroja y Delibes. Esto no deja de ser una mera opinión subjetiva pero que a uno le cuadra en sobremanera sobre su manera de ver esta tierra que lo vio nacer y que se llama España.

Cervantes, en su obra cumbre, el Quijote, - del que se habla mucho y se ha leído íntegro por muy pocos - entra con pie propio en la Historia de la Literatura Universal. El loco hidalgo se echa al mundo a “desfacer entuertos”. O sea, quiere arreglar el mundo. En su locura no concibe que el mundo no tenga arreglo; Sancho, es el pueblo. Sancho ve molinos – que es lo que eran – donde Don Quijote ve gigantes, que no eran. Sancho es la cordura de la realidad; don Quijote, el idealismo…



Don Benito vino de Las Palmas a Madrid. Fue más castizo que cualquier chulapo que habitaba en la Cava Baja, en Chamberí o Lavapiés. Galdós vio en sus páginas – él que murió ciego – como eran los españoles de otro tiempo; como defendieron y no se avergonzaron de su Patria y en los Episodios Nacionales dejó retazos del pueblo llano, el pueblo que vive en la corrala o en la calle y el otro que se pega al líder para defender lo que él entiende por sus raíces.



Don Pio Baroja vino de Vera de Bidasoa. Fue panadero y médico. Más de lo primero que de lo segundo, porque nunca ejerció la Medicina. Sus novelas son la acción pura, la literatura fluida y sutil que, como un hilo, lleva a los rincones donde uno no piensa que puede llegar un aventurero como por ejemplo Zalacaín… Decía, cuando era ya mayor, que a él lo no le gustaba ir de viaje a ningún sitio del que no pudiese volver a dormir a su casa… Obviamente era una ocurrencia de Baroja  pues él sí había andado muchos caminos.


                                     


Delibes es la esencia de Castilla. Es parte de esos pueblos sin gente, con el adobe de sus casas cerradas en el rigor del verano. Es la expresión más genuina del campo, de sus gentes, de sus paisajes. Nunca la pobreza de Antón el ratero – que cazaba ratas de agua para comer – era mas veraz que cuando decía: “las ratas son mías”, “la cueva es mía…”

Delibes ha sido el mejor andador de caminos para echar el vocabulario puro al zurrón. La lengua expresa lo que somos. Nunca ha pesado más una libre en el macuto que el día del encuentro con la pareja de la Guardia Civil…

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