Febrero
22, domingo
Hoy,
hace años. Hoy, España que parece que no ha aprendido mucho la lección y ahí se
las anda. Yo, he recordado el artículo del último verano que pasé por allí.
Está repetido. Si estamos repitiendo otras cosas, repetir el cariño no debe ser
malo…
El
viajero pasó lo que antes era la frontera con Francia en los Pirineos
Orientales por La Junquera. Todavía el sol no estaba muy alto. De allí se llegó
hasta Le Boulou; giró a la derecha, cruzó tierras de labor. Buscó el mar.
Se
circula despacio. Todo está lleno. Vacaciones. Hace un sol que achicharra. Es
difícil encontrar aparcamiento. La gente va y viene. Es un río que no desemboca
en el mar, casi todos se quedan en la orilla. Caminan; llenan las terrazas; no
hay sitio todo, completo.
En el
cielo se recorta el castillo testigo de otro tiempo. El viajero llegó hasta
Collioure a eso de media mañana. Nostálgico y emotivo. En un puesto de flores
callejero, compra una docena de rosas rojas. Las deja sobre el granito que
cubre a don Antonio. El viajero se acuerda de la gente que quiere.
Recuerda
otras visitas. Una de la veces anteriores era febrero. Entonces, hacía frío. No había
nadie. En aquella ocasión dejó un ramillete de flores de almendros. Las había
cogido en Figueras. Todavía existían las fronteras. Los aduaneros no repararon,
en aquella ocasión, en la mercancía que entraba ‘ilegal’ en Francia.
El
cielo está limpio; el mar, de azul rabioso. Les
toits de Colliure, Matisse lo llevó al lienzo a principios del siglo XX.
Era el nacimiento del fauvismo o la fiereza y la fuerza del color. Tampoco
tuvieron que esforzarse mucho los posimpresionistas; se le venía a la mano.
Un
puñado de veleros juegan al escondite con olas. Son olas pequeñas, de nácar.
¿Dónde están las sirenas cuando comienza a cambiar la luz y dice que llega la
tarde? Hay gente que se baña entre las rocas. Las rocas le dicen al mar que
¡hasta aquí hemos llegado! El agua, limpia, transparente… Parece que es agua de
otros mares.
Los
viñedos se asoman al acantilado. Llegan hasta donde pueden hacerlo. Ni un paso
más. El viajero musita por dentro las palabras de don Antonio “y cuando llegue
el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar…” Y,
sigue camino.
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