sábado, 21 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Nuestros árboles de niños

 




Febrero, 21 sábado


Dicen los botánicos, que son los que saben de estas cosas, que el Almez (Celis australis) es un árbol que prefiere los suelos frescos y pedregosos. Su fruto es un drupa negra, maciza y consistente y, además, comestible. Pierde la hoja en otoño para reverdecer, de nuevo, tras pasar el invierno, cuando llega la primavera.  

Es un árbol típicamente mediterráneo y sin embargo gracias a los pájaros que han transportado sus semillas se encuentras ejemplares en puntos tan lejano y distantes del Mare Nostrum como puede ser el Océano Pacífico.

Para nosotros, los niños que cuando salíamos de la escuela en la calle se encontraba eso que ahora se llama ocio y para nosotros juego, era un árbol ‘muy apropósito para nuestras posibles fechorías’. Le cambiábamos el nombre y de almez pasaba a llamarse almencino. Crecía en los bordes de la vía del tren, cerca de las atarjeas de riego que esparcían el agua por las huertas, en algunos roquedos calizos y porosos por debajo de convento de Flores, en El Quebraero…

No necesita grandes cuidados y desarrolla muchísimo hasta el punto de alcanzar alturas muy considerables. Es algunos pueblos de la provincia de Burgos no lejos del río Ebro, lo utilizan como un árbol de sombra comunitaria donde acudían los vecinos en sus horas compartidas de convivencia. No es un árbol especialmente querido por los pájaros para anidar, pero sí para comer su fruto. Cuando está maduro, o sea, en otoño cuando se desprende de las hojas, estorninos, tordos, y mirlos saben que allí tiene comida.

Los niños, los buscábamos por otros ‘intereses inconfesables’. Con un canuto de caña hacíamos una cerbatana.  Nosotros no sabíamos que eso se llamaba así pero era un instrumento idóneo para organizar la travesura. El fruto, de sabor dulzón, encontraba el lugar apropiado para salir por aquel cañón que se proyectaba hacia el cogote del amigo que se permitía un descuido.

Su madera es blanda y de un peso no excesivo, más bien ligero. Se utilizaba en el campo para darle muchas aplicaciones: horcones que sostenía el entramado de las parras; estacas para amarrar las bestias; empalizada que permitía hacer un sombrajo donde los moreros mitigaban el sol implacable de la era cuando venía el tiempo de trillar la mies; como astiles de azadillas, escardillos…

Los almeces de la niñez, ahora, esperan pacientes a llegada de la primavera para volver a su ciclo de vida; nosotros, en la estación del otoño esperamos otra cosa… pues eso.



 

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