Febrero, 3 martes
El tren
partía de Málaga, de la estación que todavía no se llamaba María Zambrano, en
el corazón de El Perchel, al caer la tarde, entre dos luces, Las manillas del
reloj superaban las 5,30. En los meses de invierno, la luz ya estaba
empobrecida.
Cuando
llegaba a El Chorro ya era casi de noche. Los túneles, en las tinieblas,
perdían el encanto que tenían con la plena luz de día. En Bobadilla – la
primera parada – ya estaban las luces encendidas. Era de noche.
Como
era de noche la llegada a Córdoba. Allí, le unían el otro trozo de tren que
venía de Sevilla. Obviamente, se llamaba el “Sevillano”. Maletas de
cartón, cestos, canastos granes cosidos para que nadie pudiese meter mano en la
mercancía. Sueños por dentro; y el otro, el que hace que se cierren los ojos
por el cansancio…
Con la
noche cerrada, en los meses de verano, se veían las estrellas en el firmamento;
por las ventanillas entraba el olor a rastrojo, a mies recién segada; a campo…
El tren caracoleaba por Montoro, por el Carpio, por Villa de Río, por Marmolejo,
por Andújar… con el Guadalquivir. Luego, venía la oscuridad más intensa.
Despeñaperros y La Mancha.
En
Alcázar de San Juan, tomaba dirección a Levante. Indefectiblemente, subían
varios hombres. Voceaban por el pasillo y despertaba a la gente rendida por el
cansancio…
- “Tortas
de Alcázar, tortas de Alcázar…”
Al amanecer,
el tren estaba en Albacete. Ya era de día. La llanura, inmensa. Si era
invierno, helada y algunas veces cubierta de nieve. Ofrecían café en botellines
de cerveza. Un hombre con una caja colgada al cuello que pendía de una correa
larga, pregonaba:
- “Navajas
de Albacete, navajas de Albacete...”
El tren
reanudaba la marcha. En la la Higuera desenganchan unos vagones. Iban para
Alicante; el grueso, para Valencia. Cambiaba el paisaje. Ahora, extensiones
bellísimas de naranjos. La estación una preciosidad. Al igual que en Alcázar,
ponían la máquina tractora en cola. Otra vez, en sentido contrario.
Por
Castellón la cercanía de la costa dejaba ver el mar. En Tarragona casi se podía
tocar con la mano. Era, por supuesto una ilusión. La vegetación, desde la
ventanilla: pinos, algarrobos, almendros, olivos raquíticos, y bosque bajo
mediterráneo. Era otro paisaje. Se antojaba más verde y oloroso.
La gran
ciudad se abría mucho antes de llegar. El humo salía de las fábricas, grandes
construcciones, naves de diferentes tamaños… Era otro paisaje. Después, el tren
aminoraba la marcha. Surgían vías a ambos lados. La estación de Francia parecía
inmensa. Veintitrés horas de viaje y el
tren echa el freno; por los conductos de la maquina salían chorros de humo
blanco, o sea vapor… Unos, tenían más cerca sus sueños; otros, seguíamos
camino…
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