sábado, 28 de febrero de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El Limonar

 


              Castillo de Santa Catalina. El Limonar (Málaga)



Febrero, 24 martes

A oriente de la ciudad, entre el mar y la montaña, pasado el arroyo Jaboneros que viene del Monte de San Antón, la barriada de El Limonar era el aldabón señorial de una Málaga que ya iba por la segunda generación de la Revolución Industria. A sol naciente, el sol venía a dar en el rebalaje; en medio, la carretera de Almería que todavía era un poco urbana, aunque el Palo quedaba lejos y el ferrocarril de vía estrecha, una arteria viva de carbón y humo que subía al cielo. Una ladera suave y poco pronunciada separaba del horizonte siempre azul.

Dominaba una tupida arboleda de con castaños de indias, y ficus; jardines que rodeaban villas envueltas en un poco de misterio y de ensueño muchas veces cerradas por cercas de forja. Heliodropos, damas de noche y jazmines ponían el perfume a las noches de verano; framboyás y buganvillas, el colorido. Una zona urbana limitada para una población determinada. Espacios de luz y sombras. La luz penetraba por la hojarasca de la arboleda y, veces, dejaba, figuras de capricho sobre el césped. Era el frescor que Málaga pedía para los días tórridos del verano.

Estas villas estuvieron ocupadas por el poderío económico y social que imperaba en la ciudad. Villa Fernanda era una evocación de la Toscana, Villa Suecia, Vista Alegre, la Casa Lange o el Castillo de Santa Catalina, reconstruido por don Manuel Loring en 1933 en estilo neoárabe.

Desgraciadamente, el Limonar solo ofrece retazos de lo que, en sus inicios fue u otros que ha sobrevivido a la especulación: la necesidad de un mantenimiento costoso que algunos herederos no podían soportar, el abandono, las ventas y enajenaciones y el atractivo para nuevas burguesías de vivir en zona tan privilegiada hicieron que en sus propios jardines, en ocasiones se levantasen pisos de bloques, viviendas colectivas que desvirtuaban la esencia de la zona.

Se ha alterado la unidad paisajística urbana, ya dañada de manera inmisericorde con algunas torres que rompían el sabor, la originalidad y el lugar único que el Limonar suponía, a veces, considerado como una isla de privilegio en una ciudad provinciana de segundo orden en el concierto nacional hasta que le llegó el impulso del desarrollo de la mano del turismo.

A pesar de la destrucción patrimonial y de los despropósitos de los hombres, conserva milagrosamente la fisonomía del barrio señorial, arbolado y pulcro, con el horizonte de la mar cercana. Es coso si viviese de espalada a una parte del paso del tiempo y siga con el renacimiento de la copla: “Viva Málaga que tiene / Caleta y el Limonar / y un parque lleno de flores / a la verita del mar”.

 

 

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