Febrero, 24 martes
A
oriente de la ciudad, entre el mar y la montaña, pasado el arroyo Jaboneros que
viene del Monte de San Antón, la barriada de El Limonar era el aldabón señorial
de una Málaga que ya iba por la segunda generación de la Revolución Industria.
A sol naciente, el sol venía a dar en el rebalaje; en medio, la carretera de
Almería que todavía era un poco urbana, aunque el Palo quedaba lejos y el
ferrocarril de vía estrecha, una arteria viva de carbón y humo que subía al
cielo. Una ladera suave y poco pronunciada separaba del horizonte siempre azul.
Dominaba
una tupida arboleda de con castaños de indias, y ficus; jardines que rodeaban
villas envueltas en un poco de misterio y de ensueño muchas veces cerradas por
cercas de forja. Heliodropos, damas de noche y jazmines ponían el perfume a las
noches de verano; framboyás y buganvillas, el colorido. Una zona urbana
limitada para una población determinada. Espacios de luz y sombras. La luz
penetraba por la hojarasca de la arboleda y, veces, dejaba, figuras de capricho
sobre el césped. Era el frescor que Málaga pedía para los días tórridos del
verano.
Estas villas
estuvieron ocupadas por el poderío económico y social que imperaba en la
ciudad. Villa Fernanda era una evocación de la Toscana, Villa Suecia, Vista
Alegre, la Casa Lange o el Castillo de Santa Catalina, reconstruido por don
Manuel Loring en 1933 en estilo neoárabe.
Desgraciadamente,
el Limonar solo ofrece retazos de lo que, en sus inicios fue u otros que ha
sobrevivido a la especulación: la necesidad de un mantenimiento costoso que
algunos herederos no podían soportar, el abandono, las ventas y enajenaciones y
el atractivo para nuevas burguesías de vivir en zona tan privilegiada hicieron
que en sus propios jardines, en ocasiones se levantasen pisos de bloques,
viviendas colectivas que desvirtuaban la esencia de la zona.
Se ha
alterado la unidad paisajística urbana, ya dañada de manera inmisericorde con
algunas torres que rompían el sabor, la originalidad y el lugar único que el
Limonar suponía, a veces, considerado como una isla de privilegio en una ciudad
provinciana de segundo orden en el concierto nacional hasta que le llegó el
impulso del desarrollo de la mano del turismo.
A pesar
de la destrucción patrimonial y de los despropósitos de los hombres, conserva
milagrosamente la fisonomía del barrio señorial, arbolado y pulcro, con el
horizonte de la mar cercana. Es coso si viviese de espalada a una parte del
paso del tiempo y siga con el renacimiento de la copla: “Viva Málaga que
tiene / Caleta y el Limonar / y un parque lleno de flores / a la verita del
mar”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario