¡Con qué trabajito se arranca
este año el otoño! No quiere irse el verano. Como aquel que se despide una y otra vez y, luego, en la
puerta, se vuelve, y va y dice: “que digo yo…” y, naturalmente, no dice nada. Solo es aferrarse al momento y
al sitio.
Hay un amago de rocío de hojas
por el suelo. Parques y aceras,
alcorques y arriates de la calle… Algunas, impacientes se han bajado de las
copas de los árboles y quieren hacer un boceto de alfombra que no llega a
ninguna parte porque todavía no han tocado el clarín de arranque y están ahí
para gozo de viandantes tempraneros.
Es otoño. Lo dice el
calendario. En la calle, el calor a mano a mano con el asfalto. Hay un recuerdo
de campo lejano, tardes de notas destempladas que no encuentran el reposo como
cuando el amor es un revoloteo de mariposas por dentro. Un ¡ay! de pellizco por
dentro.
Un manto de cristal y quejas;
un anhelo roto entre la garganta y el pecho; un recuerdo de jazmines que tuvieron su tiempo
y ahora son quejíos que se llevó el viento y los hizo luceros, como se hacn
lucero los besos furtivos que solo se dieron en el empeño y remaron en una barca
que navega en el río del recuerdo.
No quedan campanilleros
mañaneros. Algunos pueblos conservan - oro en polvo - su
folclore como pinceladas sueltas. Tomás López acaba de publicar un documento
recuperado, ‘La esquila de Riotínto’. Otros, como Carcabuey o Priego de Córdoba
aún tienen verdaderas joyas. Aguantan el paso del tiempo… Es octubre mariano de
rosarios de Aurora, de devoción a María. Se para el tiempo, a modo de
recuerdos, en esta Andalucía poliédrica.
Suena a infancia. Niños
adormilados camino de la escuela. Entonces, los niños iban a la escuela solos
por la calle. Tropezaban con cualquier cosa para retrasar el reencuentro…
Ahora, el otoño no halla en su camino esas nubes perdidas con las que
tropezarse y hacerles la caricia que esperan y temblar como un adolescente….
Ojalá alguna vez se hagan realidad los sueños y baje la lluvia, la lluvia de
otoño para empapar el campo, para henchir el alma, para…
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