sábado, 31 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Oraciones para rezar por la calle: ¡Oh, Luz de Dios!

 



Octubre, 31 sábado


¡Oh, luz de Dios!

Señor hemos perdido la luz.

No vemos y, a veces, cuando vemos, no vemos lo que es necesario ver; o sea, vemos solo lo que nuestro egoísmo nos permite.

Miramos, y Tú lo sabes, Señor, lo que nos interesa mirar, y decimos que hemos visto la luz de Dios, pero no es así. Es otra cosa.

Cae la tarde, como cada día a esa hora, el sol, es decir una parte de tu Luz que lo ilumina todo, se encamina hacia América. Allí como están tan lejos en el espacio es media tarde. Para nosotros, no. Nosotros ya casi estamos al atardecer.

Unas nubes han cubierto las cumbres del Monte Redondo y más allá, las de la Serranía de Ronda. Donde Tú dijiste que se debían criarse los pinsapos y esos otros árboles: encinas, alcornoques, castaños que nos deleitan. Solo hay que adentrarse por entre sus sierras para ver otros pinos y otros árboles…

Se filtran los rayos de sol por entre las rendijas de la techumbre que ensombrece el mirador; otras, de manera bellísima sobre los olivos del Capricho, del Baece, de los Peñones de Juan Díaz , de Las Lomillas… Felipe ha pasaba por allí. Lo ha captado con su cámara. 

Señor, los olivos piden agua. Necesitan el agua, tu agua. Las aceitunas se han quedado menudas. No están ahíta de ese zumo sagrado para ungir a los catecúmenos, a los enfermos, a los moribundos de alma, a los que lo necesitan para comer cada día.

Sabes, de sobras, que estamos muy faltos de tu luz. Unos porque creen que no la necesitan; a otros nos cuesta encontrarla. Otros, no sé Señor que pasa con los otros, pero, en ocasiones da la impresión que están muy a gusto a oscuras.

Señor, necesitamos tu luz. Hay que tomar decisiones y nos sabemos en nuestra oscuridad donde encontrarla. Hace unos día has llevado a la Luz de tu presencia a personas que tomaron un tren con las primeras luces del día. Era otra luz, no era la tuya.

Dale tu luz, también a sus familias. Ellos, ahora es probable, que solo vean oscuridad. Dásela, a todos los que tienen que tomar decisiones. No lo tienen fácil; los otros, es decir todos los demás, tampoco lo tenemos.

¡Oh, Luz de Dios! Señor danos tu luz: a los que la queremos y a los que no la quieren. No tardes. Como aquellos dos de Emaús…vemos que anoche. Y aunque no lo digamos, la oscuridad da miedo a los niños pequeños y a los grandes.


Fte. Oraciones para rezar por la calle. Michel Qoist. París 1954. En España. Ediciones Sígueme. Salamanca 1961

 

 

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