Octubre, 31 sábado
¡Oh,
luz de Dios!
Señor
hemos perdido la luz.
No
vemos y, a veces, cuando vemos, no vemos lo que es necesario ver; o sea, vemos solo lo que nuestro egoísmo nos permite.
Miramos,
y Tú lo sabes, Señor, lo que nos interesa mirar, y decimos que hemos visto la luz
de Dios, pero no es así. Es otra cosa.
Cae
la tarde, como cada día a esa hora, el sol, es decir una parte de tu Luz que lo
ilumina todo, se encamina hacia América. Allí como están tan lejos en el espacio
es media tarde. Para nosotros, no. Nosotros ya casi estamos al atardecer.
Unas
nubes han cubierto las cumbres del Monte Redondo y más allá, las de la Serranía
de Ronda. Donde Tú dijiste que se debían criarse los pinsapos y esos otros
árboles: encinas, alcornoques, castaños que nos deleitan. Solo hay que adentrarse
por entre sus sierras para ver otros pinos y otros árboles…
Se
filtran los rayos de sol por entre las rendijas de la techumbre que ensombrece
el mirador; otras, de manera bellísima sobre los olivos del Capricho, del
Baece, de los Peñones de Juan Díaz , de Las Lomillas… Felipe ha pasaba por allí. Lo ha captado con su cámara.
Señor,
los olivos piden agua. Necesitan el agua, tu agua. Las aceitunas se han quedado
menudas. No están ahíta de ese zumo sagrado para ungir a los catecúmenos, a los
enfermos, a los moribundos de alma, a los que lo necesitan para comer cada día.
Sabes,
de sobras, que estamos muy faltos de tu luz. Unos porque creen que no la
necesitan; a otros nos cuesta encontrarla. Otros, no sé Señor que pasa con los
otros, pero, en ocasiones da la impresión que están muy a gusto a oscuras.
Señor,
necesitamos tu luz. Hay que tomar decisiones y nos sabemos en nuestra oscuridad
donde encontrarla. Hace unos día has llevado a la Luz de tu presencia a personas
que tomaron un tren con las primeras luces del día. Era otra luz, no era la
tuya.
Dale
tu luz, también a sus familias. Ellos, ahora es probable, que solo vean
oscuridad. Dásela, a todos los que tienen que tomar decisiones. No lo tienen fácil;
los otros, es decir todos los demás, tampoco lo tenemos.
¡Oh,
Luz de Dios! Señor danos tu luz: a los que la queremos y a los que no la
quieren. No tardes. Como aquellos dos de Emaús…vemos que anoche. Y aunque no lo
digamos, la oscuridad da miedo a los niños pequeños y a los grandes.
Fte. Oraciones para rezar por la calle. Michel Qoist. París 1954. En España. Ediciones Sígueme. Salamanca 1961

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