Casi
con la imagen aún viva en la retina me pongo a ensartar palabras como quien
piensa en las cuentas de un rosario imaginario. Era algo así como media tarde.
Cruzo Cortegana. Pregunto por la salida para Almonaster del Real…
- Gire,
al fondo de la calle, a la izquierda y, luego todo, todo seguido. (La abuela
lleva al chiquillo en un carrito…)
-
Gracias, le digo, el niño es precioso.
- Si
que lo es me responde.
Echo
calle adelante, arriba, en la Fuente del Altozano, junto a la ermita de San
Sebastián. En su fachada una cruz de piedra y jazmín lleno de flores. Giro a la
derecha. Es una carretera estrecha, sin arcenes ni cunetas. A tramos, bien asfaltada; en otros, baches, a
veces, tan grandes que son hoyos. Huertos a los lados, cerrados por cercas de
piedra seca. Veo que me he equivocado de ruta. No me arrepiento.
-
Qué te gustan las aventuras, me dice una compañera de viaje.
-
Eso es lo que le gusta él, apostilla mi mujer.
Entro
en un bosque galería de alcornoques, recién descorchados; otros, tienen el color
del paso del tiempo. El bosque es maravilloso. Es un bosque para extasiarse y soñar.
¡Tiene tanta belleza oculta! Encinas, quejigos, rebollos, algún castaño
perdido.
No
salgo del asombro. Se pierde la vista entre tanto tronco retorcido. No hay dos
iguales. Los troncos de los árboles no me dejan penetrar más adentro con la
mirada. Lo imagino. Lo intuyo. Lo adivino. ¿Dónde terminará este bosque?
El Arroyo
El
otoño casi no ha llegado. Trae su ritmo. Viene de camino. Se ve en las choperas. No tienen el
verdor intenso del verano. Brezos, jaras (en este tiempo sin flores),
lentiscos, helechos, cantueso, durillos…
A
veces, entre la frondosidad, se intuye por donde corren los arroyos. Deberán
llevar sus aguas (eso es de mi cosecha, al Múrtiga, porque Fuenteheridos no
está lejos de aquí que es donde nace…). Buscan el cielo las choperas, fresnos,
sauces y álamos blancos.
Sé
que me las ando por la Sierra de Aracena. Es donde dicen que Sierra Morena
entrega los papeles… Llego a un caserío blanco. Paredes
de piedra, ahítas de cal: Las Veredas. En la travesía me encuentro con un
coche. Apenas hay espacio para los dos vehículos. Me paro. El hombre ve que
quiero preguntarle algo. Retrocede.
- Voy
para Almonaster, le digo, pero me he equivocado…
- Siga,
encontrará otras dos aldeas más. Al llegar a la carretera, a la derecha…
Sigo
camino. Cruzo, Arroyo y Acebuche. Son dos aldeas blancas, con teja donde se
crían los líquenes. Es un lugar húmedo, de piedras, ahítas de cal. Preciosas. Diminutas. Escondidas. El bosque no
ha mermado en belleza. Sigo con mis sueños en lo traspuesto. Pienso que he
tenido mucha suerte al tomar otro camino…
El
Acebuche
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