Octubre, 19 lunes.
Hace
unos días, Antonia María Ortega publicó la foto de un cuadro pintado por ella y
decía que le gustaban las cosas pequeñas. No tiene mal gusto. En lo pequeño uno
se deleita; en lo grade, se diluye. Algo así como cuando la mente tiene tantas
llamadas que no sabe a donde acudir.
El
primor de lo pequeño es algo difícil de valorar. Dicen que nuestro cerebro
trabaja a unas revoluciones ínfimas comparadas con la capacidad con que la
naturaleza lo ha dotado. Puede ser. De neurología, - como de tantas otras cosas
– ni idea.
A
lo que iba. Esta mujer, o sea Antonia María, ha conseguido que uno concentre la
mirada en un puñado de objetos: unas azucenas; dos claveles; un pajarillo que
picotea una flor; unas cortinas cubren las paredes de una habitación
desvencijada. Sobre una mesa de madera, un libro sin abrir. ¿Qué procesión de
letras hilvanada unas a otras, tendrá en su interior el libro cerrado? ¿Qué
dirá ese mensaje escrito? No lo sabremos nunca. Nunca la autora nos abrirá, al
azar, el libro…
De
este pequeño cuatro recojo un mensaje tácito. Es la obra de una mujer con un
alma grande, que la exhibe a la vista de todos. Abarca un puñado de preguntas y
una conclusión: uno cuando está delante de un cuadro así sabe que está ante el primor
de las cosas pequeñas y por supuesto, de un regalo de su interior. Se entra en el
alma de la creadora. ¿Por qué ha utilizado los blancos, rosas y naranjas para
flores? ¿Por qué los rojos con intensidad diluida de las cortinas, de la mesa…
¿Por qué esa manera de pliegues en las cortinas? Por qué, por qué…
Lo
primoroso es diminuto. Hay una curiosidad. ¿Cuántas veces le cambiará el agua
al jarrón? Porque no me negarán que el agua del jarrón de cristal es
transparente y clara. Es una de las propiedades inherentes de las almas
sencillas. Son las almas que regalan transparencia. ¿El primor de lo pequeño?
También y, además, la luz que emanan un puñado de flores de diferentes colores
que alguien colocó en un jarrón sobre una mesa con su único cajón entreabierto…
Oh
luz de Dios que brillas en la altura cantaba el Villancico. O luz de Dios que
nos regalas con el trabajo, la ilusión, de ese darse sin esperar, que hacen las
personas, generosamente, a veces, con la sonrisa en un saludo, con una canción
mientras realiza una faena, o en una
combinación, de colores a su manera de ver y entender y que llamamos cuadro…
Gracias,
amiga. Como el arpa de los versos de Bécquer, la mano de tu inquietud arranca
esas notas que dormían y que, ahora, nos deleitan y nos hacen reflexionar.

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