Olivo.
Plaza del Médico Zamudio. Foto Felipe Aranda Ávila
Octubre, 16 viernes
Dice la Biblia que hubo un tiempo en que Dios
viendo el comportamiento que tenían los hombres decidió enviarles un diluvio
que los borrase de la faz de la tierra.
Pero como Dios es bueno se percató que todos,
todos, no eran malos. Como ahora, más o menos. Probablemente serían menos
porque había menos gente. Si me lee uno matemático me dirá que eso es un error.
La probabilidad es la misma, pero como yo no soy matemático… A veces me
pregunto ¿qué soy yo?
A lo que iba. Le dijo a Noé que hiciera un arca,
que llamase a sus hijos, que se encerraran todos dentro… y esas cosas que
sabemos. Cuando pasó la polvareda, ya el tiempo se puso que no era de agua y
después de tres intentos la paloma volvió con un ramito de olivo. Desde
entonces es el símbolo de la paz. Por eso en algunos sitios los olivos lo
tienen muy difícil.
El olivo vino a la Península Ibérica hace
muchos, muchos años… Tantos que hemos perdido la cuenta. Vino en un barco
fenicio. Se movían a vela y a remo si se echaba el viento cosa que ocurre en la
tierra y en la mar.
Los fenicios venían de la otra punta del
Mediterráneo. A su tierra le llamaban Fenicia. En sus montes crecían cedros que
dan una madera excelente y su tierra estaba dividida en valles que tienen la
salida más fácil hacia el mar que a comunicarse entre ellos… Esa tierra hoy se
conoce como Líbano. Ciudades importantes de aquellos tiempos eran: Tiro y
Sidón.
Nos trajeron más cosas. Con ellos llegó también
el cultivo de la vid, el uso de la moneda y lo que es más importante: el
alfabeto y los pueblos hispanos se comunicaron por escrito y pasamos a ser
pueblos históricos.
Los fenicios por el Guadalhorce subieron hasta
lo que hoy conocemos como Álora que llamaba Iluro y en el arroyo Hondo había
alfares donde cocían el barro y hacían cántaras para transportar líquidos. (Hay
unos ejemplares excelentes, en el Museo Municipal Rafael Lería). Casi seguro
que allí pudo ir aceite y vino. Ellos los cambiaban por telas, vidrios,
objetos…
Hace unos años en la transformación de una finca
agrícola, propiedad de Miguel Ángel Conejo, hacia nuevos cultivos precisaba arrancar
algunos ejemplares de olivos centenarios. El Ayuntamiento, tuvo la feliz idea
de salpicarlos por nuestro pueblo.
Felipe Aranda, ese notario gráfico que Dios nos
ha regalado, captó el ejemplar que hay en la Plaza del Médico Zamudio (Anda qué
si don Francisco, hubiera vivido en aquel tiempo, seguro que Dios lo mete en el
arca con Noé). Ante el olivo a mí se me ocurre una idea: ¿Le iría bien explicar
sus características y la información que se precise, acerca del ejemplar, en
una cerámica como otras preciosas que adornan nuestro pueblo?

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