viernes, 16 de octubre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El olivo de la Plaza del Médico Zamudio

 


                   Olivo. Plaza del Médico Zamudio. Foto Felipe Aranda Ávila   


                                Octubre, 16 viernes


Dice la Biblia que hubo un tiempo en que Dios viendo el comportamiento que tenían los hombres decidió enviarles un diluvio que los borrase de la faz de la tierra.

Pero como Dios es bueno se percató que todos, todos, no eran malos. Como ahora, más o menos. Probablemente serían menos porque había menos gente. Si me lee uno matemático me dirá que eso es un error. La probabilidad es la misma, pero como yo no soy matemático… A veces me pregunto ¿qué soy yo?

A lo que iba. Le dijo a Noé que hiciera un arca, que llamase a sus hijos, que se encerraran todos dentro… y esas cosas que sabemos. Cuando pasó la polvareda, ya el tiempo se puso que no era de agua y después de tres intentos la paloma volvió con un ramito de olivo. Desde entonces es el símbolo de la paz. Por eso en algunos sitios los olivos lo tienen muy difícil.

El olivo vino a la Península Ibérica hace muchos, muchos años… Tantos que hemos perdido la cuenta. Vino en un barco fenicio. Se movían a vela y a remo si se echaba el viento cosa que ocurre en la tierra y en la mar.

Los fenicios venían de la otra punta del Mediterráneo. A su tierra le llamaban Fenicia. En sus montes crecían cedros que dan una madera excelente y su tierra estaba dividida en valles que tienen la salida más fácil hacia el mar que a comunicarse entre ellos… Esa tierra hoy se conoce como Líbano. Ciudades importantes de aquellos tiempos eran: Tiro y Sidón.

Nos trajeron más cosas. Con ellos llegó también el cultivo de la vid, el uso de la moneda y lo que es más importante: el alfabeto y los pueblos hispanos se comunicaron por escrito y pasamos a ser pueblos históricos.

Los fenicios por el Guadalhorce subieron hasta lo que hoy conocemos como Álora que llamaba Iluro y en el arroyo Hondo había alfares donde cocían el barro y hacían cántaras para transportar líquidos. (Hay unos ejemplares excelentes, en el Museo Municipal Rafael Lería). Casi seguro que allí pudo ir aceite y vino. Ellos los cambiaban por telas, vidrios, objetos…

Hace unos años en la transformación de una finca agrícola, propiedad de Miguel Ángel Conejo, hacia nuevos cultivos precisaba arrancar algunos ejemplares de olivos centenarios. El Ayuntamiento, tuvo la feliz idea de salpicarlos por nuestro pueblo.

Felipe Aranda, ese notario gráfico que Dios nos ha regalado, captó el ejemplar que hay en la Plaza del Médico Zamudio (Anda qué si don Francisco, hubiera vivido en aquel tiempo, seguro que Dios lo mete en el arca con Noé). Ante el olivo a mí se me ocurre una idea: ¿Le iría bien explicar sus características y la información que se precise, acerca del ejemplar, en una cerámica como otras preciosas que adornan nuestro pueblo?



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