Salamanca. “Arte, saber y
toros”. En su suelo nació el Lazarillo. Ese pillo simpático que cae bien
y con quien se establece una corriente de afecto. Él mismo dice:
«Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre.”
Unos años antes, a finales de
siglo XV, el Bachiller Fernando de Rojas natural de la Puebla de Montalbán
(Toledo) escribió La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea.
Era criptojudío, o sea, judío converso (su padre murió quemado por la
Inquisición). Ejerció como juez en Talavera de la Reina donde murió.
Su obra cumbre, La
Celestina. Calisto pretende a Melibea que lo rechaza. Recurre a una vieja
alcahueta muerta a manos de sus criados Sempronio y Pármeno al no conseguir
parte de una cadena oro, botín pagado por Melibea por los favores. Los
ajustician al día siguiente. Calisto cae de una escalera al escalar un muro y
muere; Melibea se suicida… Se le puede suprimir lo de “comedia” y dejarlo en
tragedia
No hay ninguna evidencia que la obra transcurra en Salamanca ciudad muy conocida por el autor como estudiante en su Universidad. Salamanca ha querido dar su nombre a un “huerto” hoy parque recóndito y lleno de romanticismo en recuerdo al amor que no pudo ser.
“Celestina: No hay cirujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo que yo al presente veo te diré: Melibea es hermosa; Calisto loco y franco. Ni a él penará gastar, ni a mí andar. ¡Qué corran monedas y dure el pleito lo que tiene que durar! Todo lo puede el dinero; las peñas quebranta, los ríos pasa en seco. No hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba.”
“Entrando Calisto en una huerta en pos de
un falcón suyo, halló ahí a Melibea, de cuyo amor preso començole de hablar. De
la cual rigurosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado.”
“Calisto: En esto veo, Meibea, la grandeza
de Dios.
Melibea: ¿En qué Calisto?
Calisto: En dar poder a la naturaleza que
de tan perfecta hermosura te dotase y hacerme, inmérito, tanta merced que
alcanzase a verte, y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor pudiese
manifestarse.”
“Sempronio. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida habías
de llorar?
Calisto. Sí.
Sempronio: ¿Por qué?
Calisto. Porque amo a aquella ante quien
tan indigno me hallo que no la espero alcanzar.”
“Celestina. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia. Toda tardanza le es tormento. Ninguna dilación le agrada. En un momento querrían poner en efecto sus deseos.”
“Celestina. (…) ¡Y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver; pero ahora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo en cuanto yo conozco."
“Celestina. No lo sienten con el
enajenamiento del amor; no les apena; no ven; no oyen. Lo cual yo juzgo por
otros que he conocido, menos apasionados y metidos en este fuego de amor, que a
Calisto veo. Que ni comen, ni beben, ni ríen, ni lloran, ni duermen ni velan ni
hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según
la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones.”
La Celestina, de la que he seleccionado algunos fragmentos que preceden recoge la enfermedad del amor; la pasión y la añoranza del placer sexual; la fortuna y la muerte, la magia y la prostitución; las relaciones sociales de amos y criado; el dinero.
Todo eso, parte de la vida de
entonces, y de ahora, ha convertido a La Celestina en la primera obra en
importancia, después de El Quijote, de la Literatura Española.












No hay comentarios:
Publicar un comentario