Tren de las
Tierras Altas de Escocia
Octubre,
21 miércoles
Rafael Nuño que ocupó cargos de responsabilidad en Renfe ha pronunciado una charla coloquio en la Asociación Sínesis, en calle Trinidad Grund de Málaga, sobre la evolución del tren. Dijo que comenzó, con la aparición en 1765 de la máquina de vapor, inventada por el escocés James Walt. En 1804 se aplicó por primera vez al ferrocarril.
George Stephenson presentó la Rocket (cohete) diseñada por su hijo Robert perfeccionada en 1829. El ferrocarril ya no era algo cuestionado y transportaba mercancías y viajeros.
Ha hablado de los elementos esenciales de la seguridad en los trenes modernos: infraestructura (vías, carriles, señalización); material móvil ( ruedas, coches, máquinas); sector humano: profesionalidad, control, vigilancia, formación y tecnología.
Al terminar se ha sometido a preguntas y ha recordado sus años de servicios en Asturias, Castilla, La Rioja y Andalucía, concretamente en la línea de Málaga a Córdoba y, en el tren de cercanías de Fuengirola y Álora. Ha dejado patente que, a pesar de su jubilación, sigue con el fervor entusiasta del profesional que ama lo que hace.
Hace años, le volvieron las espaldas al tren y apostaron por el asfalto y las carreteras y los coches y, además de perder aquel romanticismo de la máquina que llegaba a la estación y envolvía a los viajeros en una nube de vapor que soltaba al detenerse, perdieron perdieron el tiempo.
Suprimieron
el tren de Churriana, los Alhaurines y Coín; el de la costa a Torre del Mar y,
luego, por Vélez, subía hasta el Boquete de Zafarraya. Era tanto –el tren- que hasta el romancero anónimo le escribió
letra y le cantó el Niño de
En un tiempo pasado se popularizó la copla del “chacachá del tren” y hablaba de un expreso que iba a Lisboa. Los trenes expresos hacían largos recorridos. Andrés Dobarro, con “O tren”,cantaba al que lo acercaba a Galicia, y cruzaba los campos de su verde tierra cargado con la ilusión del que vuelve…
Tenía el tren de
entonces olor y sabor propio. La máquina de vapor disparaba miles de chispas
ardiendo de carbón mineral. El fogonero alimentaba la caldera para que el agua
hirviese y, vapor, y presión y luego… un pitido largo y agudo.
España estaba
cruzada (no sé quién lo escribió, pero ¡qué acierto!) por esas cremalleras
largas, sin término y con pocos remaches. Los pueblos estaban más cerca, y los
trenes iban o venían –todo es cuestión de hacia dónde se mira- por las noches,
al amanecer, a esas horas del día donde parece que se para el tiempo.
Cuando de
madrugada, llegaban a la estación de Alcázar –Alcázar de San Juan – se partían.
Los que iban para Madrid o los que enfilaban a Levante. Subía un hombre con un
canasto grande; recorría los pasillos y despertaba a los viajeros,
entreabriendo la portezuelas de los departamentos, con una voz pregonera: “tortas de Alcázar”… Fuera hacía frío.
Resuena, el
recuerdo, el cuchillero de Albacete. La estepa manchega blanca por la escarcha
mañanera y el hombre que transita, junto a las ventanillas, por el andén, con
un blusón largo, con el primer botón abrochado y caído, de bolsillos grandes: “navajas de Albacete”.
En Astorga,
también, subía un vendedor. Tenía otro timbre de voz. Como más cantarina, más
duce y más melodiosa. Como escapado de una obra de Valle-Inclán: lastimero y
agudo. Cambiaba la mercancía. Ofrecían “mantecadas
de Astorga”. Ahora los trenes ni saben ni huelen. ¿Dónde estará el sabor
del tren de entonces? Rafael Nuño ha dejado algo de todo eso en su conferencia
de hoy.

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