domingo, 26 de abril de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Y, al norte el mar Cantábrico

 


                     La Escuela de los años cincuenta del siglo XX


Abril, 26 domingo.


España era para el niño un mapa de hule descascarillado y viejo. Brillaba - el mapa - por algunos sitios; en otros, tenía perdido el color. Con un puntero de madera largo – como los palos de billar que usaban, los hombres para jugar en el casino al que llamaban Círculo Cultural – se señalaban los accidentes geográficos.

El niño sabía porque lo cantaban, todas las tardes, en la escuela, que España limitaba “al norte con el mar Cantábrico y los Montes Pirineos que nos separan de Francia”. El niño nunca había visto el mar y ni, por supuesto, tenía idea de dónde podía estar Francia.

No comprendía por qué si la Islas Canarias eran unas islas tenían que encerrarlas con una línea quebrada y no la dejaban libres, sin marca, sin ninguna marca, como estaban las Islas Baleares que también eran otras islas.

El niño no entendía muchas cosas. No comprendía por qué la Guardia Civil cuando llevaban a alguna persona detenida la paseaba, esposada y humillada, por la Fuentarriba - que era la plaza principal de su pueblo - ante los ojos de todos los que miraban y no lo hacían de una manera más discreta. 

También se preguntaba por qué había entierros de varias ‘categorías’ y que según pagaban los dolientes, les hacía uno o dos o más responsos, con canturreos gregorianos, parando la comitiva fúnebre en la calle…y, por qué, otras veces, delante de la caja no iba el cura, pero esos entierros no hacían paradas en la calle.

Otras veces, venían por las casas algunas personas mayores, pidiendo para enterrar a alguien “de caridad”. Los entierros siempre le impresionaban mucho al niño porque cuando la ‘parroquia’ se acercaba a la casa del muerto desde dentro salían muchos llantos y gritos de las mujeres; los hombres, casi siempre, iban detrás, en silencio.

El niño se hacía mayor. Cambió el pantalón corto por uno largo; de jugar en la calle pasó a jugar en el Llanillo y se moceaba por la Cancula. Luego anduvo los caminos que le marcó la vida. El niño comprendió algunas cosas; otras, no. ¡Cosas que pasan!

 

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