Abril, 14 martes
El
campo, esa extensión quebrada por montes, llanuras, lomas, ríos, arroyos… (todos
los pueblos están en medio del campo; algunas ciudades, aunque no lo sepan,
también), se abre delante de nosotros. Se deja mirar, se deja ver. Habla, dice. Hay
que pararse. Tiene su vida propia, su palabra y sus mensajes. La gente
sencilla, lo habita, lo vive y lo siente. Don Antonio Machado dijo de ellos que
un “día como tantos” descansan bajo la tierra”.
Tienen sus
‘señas’ o sea su manera de entenderse. Parcos en palabras; profundos en el
mensaje: “Todo el que se acerca al campo se lleva, como poco, polvo en los
zapatos”.
José
Luis García-Palacios en el prólogo de la
inconmensurable obra de Barbeito:
La palabra del campo dice: “Aquellos que han sentido la humedad de la
tierra en las manos, el quebranto de las sequedad de las mieses (… ) saben la
ingente cantidad de palabras de la jerga del campo.
Ve
Barbeito que: “… los pájaros más atrevidos ya pían con descaro en las ramas sin
vestir de los ciruelos”. Y agrega: “Abajo donde el río no le puede hacer sitio
al desmadre de las escorrentías (…) los álamos repiten su cenicienta desnudez
en el espejo echado del agua…”
José
Antonio Muñoz Rojas en Las cosas del campo cuenta: “Me hundo en el campo
y gusto en mi espíritu tanta amargura suelta, tanta dulzura recogida en estos
anuales surcos y sementeras”. Y continúa: “Año tras año, sol a sol, surco a
surco, se va el hombre atando a la tierra, enterrándose en ella. Andamos sobre
sus sudores, sobre sus ilusiones y sobre sus huesos”.
El
hombre del campo lee, entiende y acepta los mensajes del campo de ‘su’ campo.
Sabe que si la Sierra del Valle aparece cubierta de nubes es que los vientos se
enfrían en la cumbre y aunque tiene nubes no lloverá más debajo de la ladera
sur. Conoce que, si en las tórridas tardes de verano, sobre la Orejas de la
Mula se forman nimbos y cúmulos, enormes coliflores, se barrunta tormenta.
Sabe que
sin marea no se puede aventar y sin blandura no se pueden arrancar los
garbanzos. Cuando los gorriones se bañan en el polvo reseco de los caminos hay cambio
de tiempo. Como también lo anuncian “las gatitas de Mijas” estas nubecillas, que
aparecen y desaparecen sobre la sierra. Antes de tres días cambia el tiempo.
El
campo tiene tres sinfonías. La de los pájaros que reciben el día y cantan al
alba. No hay cosa más sublime. Eso sí, hay que levantarse temprano y aunque los
mirlos no duermen, las frailecillas madrugan mucho. Otra sinfonía, cuando cae
la tarde. Acuden a recogerse en las alamedas, en los árboles del parque. Hay
otra: el arrullo de la tórtola en siestas de verano…
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