miércoles, 15 de abril de 2026

Una hoja suelta de del cuaderno de bitácora. Antonio Becerra, el hombre sabio

 

 




Abril, 15 miércoles

 

Antonio Becerra era un hombre bajito. Andaba con paso firme y ligero. Su profesión de cartero (entonces en el pueblo solo había dos carteros y hacían dos repartos diarios) le daba el privilegio de conocer a todos los vecinos. Antonio no tenía hijos.

Antonio vivía, cundo yo lo conocí, en la barriada que, como casi todo en Álora, se llamaba “Virgen de Flores” pero el pueblo la conocía como Casas Nuevas. Se hicieron en aquellas promociones del Ministerio de la Vivienda. Un mosaico, en una de las fachadas, informaba pomposamente Obra Sindical, año 1959.

La barriada se realizó en dos fases y, entonces, yo, un niño de poco más de diez años supe que había unas máquinas que se llamaban hormigoneras. Era el último grito en la maquinaria para hacer mezcla en las obras… ¡Qué cosas, Dios mío!

A lo que iba. Antonio vivía allí. El niño aquel se había hecho muchacho, Antonio, ya jubilado, era nuestro vademécum particular en las excursiones de los domingos. Salíamos por los caminos que Antonio conocía a la perfección y nos daba lecciones de botánica que aún no he olvidado.

Un domingo cercano a la Navidad salimos a primeras horas de la mañana, bajamos por la calle Cantarranas, pasamos el arroyo Hondo, por debajo del Capricho y el Baece – aquellos son los Peñones de Juan Díaz, nos dijo – bordeamos la Miguela, nos indicó cuál era la Sierra de la Robla y Casarabonela, la Cuesta del Verrón. Al mediodía dimos en comer en la Fuente de Pedro Sánchez. Por cierto, nosotros, Miguel Antonio Bootello, su hermano Regino, mi hermano Andrés y un servidor (venía alguien más) nos sentamos. Del grupo ya faltan dos.  Antonio permaneció de pie durante toda la comida…

Bordeamos El Hacho. Nos dijo donde se cogía, al final de la primavera, la mejor manzanilla, el mejor esparto y cuando florecían los gamones, las retamas y las aulagas,  lo que era el rabogato, nos marcó los roales de tomillos, romero, matagallos y donde estaba la encina con la bellota más dulce…

A la caída de la tarde, cuando ya se encendían las paupérrimas bombillas del alumbrado público bajábamos desde el Llano de Santa Ana, por la calle Suspiro y Peligros, al Callejón. Él como una rosa; nosotros, fundidos.

Antonio Becerra en sus ratos libres ejercía de relojero y además era el mantenedor del reloj del Ayuntamiento. Muy poca gente sabe que ese reloj perteneció al extinto Beaterio de la Concepción, “el Convento de las Monjas”, derribado en la barbarie que nos azotó cuando los españoles perdimos tanto. Tenía otra particularidad. Daba los cuartos, la media, los tres cuartos y la hora entera que, además por si alguien estaba despistado la repetía…

Hoy me he acordado de Antonio Becerra, cartero, relojero hombre de unos conocimientos de botánica excepcionales. Un hombre sabio y bueno, muy bueno…

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