Abril,
15 miércoles
Antonio
Becerra era un hombre bajito. Andaba con paso firme y ligero. Su profesión de
cartero (entonces en el pueblo solo había dos carteros y hacían dos repartos
diarios) le daba el privilegio de conocer a todos los vecinos. Antonio no tenía
hijos.
Antonio
vivía, cundo yo lo conocí, en la barriada que, como casi todo en Álora, se llamaba
“Virgen de Flores” pero el pueblo la conocía como Casas Nuevas. Se hicieron en
aquellas promociones del Ministerio de la Vivienda. Un mosaico, en una de las
fachadas, informaba pomposamente Obra Sindical, año 1959.
La barriada
se realizó en dos fases y, entonces, yo, un niño de poco más de diez años supe
que había unas máquinas que se llamaban hormigoneras. Era el último grito en la
maquinaria para hacer mezcla en las obras… ¡Qué cosas, Dios mío!
A lo
que iba. Antonio vivía allí. El niño aquel se había hecho muchacho, Antonio, ya
jubilado, era nuestro vademécum particular en las excursiones de los domingos.
Salíamos por los caminos que Antonio conocía a la perfección y nos daba
lecciones de botánica que aún no he olvidado.
Un
domingo cercano a la Navidad salimos a primeras horas de la mañana, bajamos por
la calle Cantarranas, pasamos el arroyo Hondo, por debajo del Capricho y el Baece
– aquellos son los Peñones de Juan Díaz, nos dijo – bordeamos la Miguela, nos
indicó cuál era la Sierra de la Robla y Casarabonela, la Cuesta del Verrón. Al
mediodía dimos en comer en la Fuente de Pedro Sánchez. Por cierto, nosotros, Miguel
Antonio Bootello, su hermano Regino, mi hermano Andrés y un servidor (venía
alguien más) nos sentamos. Del grupo ya faltan dos. Antonio permaneció de pie durante toda la
comida…
Bordeamos
El Hacho. Nos dijo donde se cogía, al final de la primavera, la mejor
manzanilla, el mejor esparto y cuando florecían los gamones, las retamas y las
aulagas, lo que era el rabogato, nos
marcó los roales de tomillos, romero, matagallos y donde estaba la encina
con la bellota más dulce…
A la
caída de la tarde, cuando ya se encendían las paupérrimas bombillas del alumbrado
público bajábamos desde el Llano de Santa Ana, por la calle Suspiro y Peligros,
al Callejón. Él como una rosa; nosotros, fundidos.
Antonio
Becerra en sus ratos libres ejercía de relojero y además era el mantenedor del
reloj del Ayuntamiento. Muy poca gente sabe que ese reloj perteneció al extinto
Beaterio de la Concepción, “el Convento de las Monjas”, derribado en la
barbarie que nos azotó cuando los españoles perdimos tanto. Tenía otra
particularidad. Daba los cuartos, la media, los tres cuartos y la hora entera
que, además por si alguien estaba despistado la repetía…
Hoy me
he acordado de Antonio Becerra, cartero, relojero hombre de unos conocimientos
de botánica excepcionales. Un hombre sabio y bueno, muy bueno…
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