Abril, 17 viernes
Las abejas
libaban esta mañana en la rosaleda. Las abejas habían madrugado casi tanto como
el sol y, entre ellas, se había distribuido el los arriates donde debían sacar el
extracto de néctar que luego será miel. Todas sabían su rosa asignada: roja, amarilla,
blanca, lila (las lilas me las tocáis con mucho cuidado, les dije, y me hicieron
caso) anaranjadas, cobrizas…
Las
abejas cumplían lo mejor que ellas saben hacer su cometido. Competían con ellas
otro insectos, esos de los que no conocemos sus nombres. Saben que estamos en primavera y que, luego, vendrán
los meses tórridos del estío y ellas durante algunas horas darán paso a las avispas.
Las avispas como son más puñeteras no le temen ni a la calor, ni a nada. Bueno,
sí, le temen a los abejarucos, que comparten espacio con ellas y pían y pían y señalan
círculos concéntricos en el cielo azul.
Piaban
los gorriones que se las anda a la gresca metiendo broza en los bajantes de
agua de los tejados. Hay un nido de jilgueros en el ciprés de la alberca, pero
está muy alto. No logro verlo. Tampoco he visto el nido de mirlos. Está en algún
encuentro de los naranjos. Veo al mirlo posado en los cables de la luz y de vez
en vez da una volada cercana. No he querido zarzalear por la huerta para no espantarlos.
Esta mañana temprano, también, cantaba un carbonerillo. Luego, a medida que
entraba la mañana, desapareció.
Por la
barranca, al otro lado del arroyo, apareció una piara de cabras. Era una sinfonía
de latón. Primero, lejanas, luego cada vez con más intensidad. Pasaron y se
alejaron con lentitud, sin prisa. Careaban
por la ladera. Comían la hierba fresca que esta primavera está generosa, espléndida….
El cabrero llevaba un perrillo negro, una honda y un garrote. Me saludó en la
lejanía. Le devolví el saludo…
La
primavera lleva su ritmo y su cadencia; la rosaleda florece a su modo; están ahítos
de azahar los limoneros y los naranjos y dicen que también los cerezos… Se han
vestido los almendros y las higueras. Están en sazón los nísperos.
La primavera
un año más nos embellece la vida y como Muñoz Rojas en Las cosas del campo
nos hace meditar: “Decir es siempre hermoso. Poder decir, cantar o irse por jardines
la primavera y luego dejar la primavera y encontrar aquel niño que acaso fuimos.
Irnos con él, irle contando lo que fuimos, igual que yo, lo mismo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario