Abril, 16 jueves
Por la ‘sanmiguelá
– ese tiempo que viene en los inicios del otoño en torno a la festividad del
arcángel - el gañán se levantaba de madrugada. Echaba un pienso a los mulos: paja
y cebada. La cuadra estaba caliente; desprendía un vaho. Piafaban las bestias.
El hombre, colgada el candil en un clavo en pared, y las sombras parecían
fantasmas alargados que no tenían manos.
Cuando
el lucero del alba se ponía sobre el monte del Cerro del Cura sacaba la yunta
al corral. Primero, uno; luego, el otro. Los mulos tenían nombres. Se llamaban Chaparro
y Peregrina. La mula era más noble; chaparro, más destartalado.
Les
ponía la jáquima un artilugio de cuero con una pieza metálica a la
altura del befo. Sujetaba a los animales. Los aparejaba. Movimientos mecánicos
y colocaba sobre el lomo: albardón, ropones, harma, sobreharma y cubierta.
La cincha los inmovilizaba. A uno de
ellos le echaba el serón. Lo afianzaba con un cordel de esparto… En los cujones
ponía, en uno, el costal con la simiente; en el otro, el cantarillo del agua y
la talega con las viandas para el día.
En la besana,
los desprendía de los aparejos. Se dejaban, muchas veces, bajo algún olivo
solitario. Era el hato. Si le acompaña un perrillo se quedaba en la
guarda… Los uncía en el ubio. Sobresalía el extremo del ejero que
fijaba con una lavija. El arado, un arado romano, de madera, se componía
de varias piezas: garganta, orejeras que esparcía la tierra del surco a
ambos lados, mancera… El gañán trazaba varios surcos separados, o sea, amergaba
la tierra para tener un orden….
La
semilla si era de cereal iba en una pequeña bolsa de lona. La mano entreabierta
asía un puñado y lo esparcía, entreabriendo la mano, a voleo. Si eran leguminosas,
alguien detrás de él las dejaba caer espaciados en lo hondo del surco que, a la
vuelta de la yunta terminaban enterradas bajo la tierra.
El
cante le puso su momento de poesía: “arando en un peñascal / se me perdió la
besana / y aonde la viene a encontrar/ debajo de tu ventana”. A veces,
una bandada de palomas picoteaba las semillas antes de que el arado las
cubriera de tierra.
Luego,
si venían las lluvias de otoño, unos meses después, en torno a la Navidad,
verdegueaba el campo. Las lomas aparecían verdes y cuando avanzado el tiempo y
llegaba abril, cuando se arrancaba el levante peinaba los sembrados y
parecían olas de mares de un secano que respondía a la pregunta. Sí, por aquí
paso y dejó su belleza prendida para regocijo de las almas que valoran estos
paisajes…
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