lunes, 22 de diciembre de 2025

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La maroma está blanca


                   La Maroma. Sierra de Almijara.


Diciembre, 23 martes.


Las Sierra de las Nieves y la Maroma tenían echado el velo blanco de novia. (Las nubes no me dejaban ver las cumbres de El Torcal ni la Huma). Día crudo, gris. Acorde con la fecha del calendario. Al salir a la calle compruebé que había llovido. El suelo mojado lo delataba. Me acerqué al campo. Desde la lejanía ví como verdeguean las lomas de El Chopo. El campo se muestra expectante; comienzan a apuntar las sementeras tempranas. 

Por cierto, a pesar de que se ha iniciado el invierno, aún siguen vestidos de oro viejo los granados y las higueras no se han desprendido de las hojas. Me siento hastiado de tanto como me imponen desde fuera. Ni entran en mí, ni logro zafarme de cuanto me rodea. 

Regreso al pueblo. He tenido que hacer algunas gestiones. Ruidos -que no música de Navidad- sale por la puerta de algunos establecimientos comerciales. Me siento incómodo dentro de tanto bullicio. Añoro huir. Todo se exterioriza. Hay quien opina que está más alegre porque alborota más. Contrasta con la quietud que he dejado hace un rato. 

Me parece que este año por Navidad no vemos el primer almendro en flor, ni en las recachas ni al abrigo de vientos… El almendro en flor es un grito - de los otros - en lo más crudo del invierno, pero este año, los gritos vienen de otras gargantas. Me refugio, una vez más, en San Juan de la Cruz: “¡oh bosques y espesuras / plantadas por la mano del Amado! / ¡oh prado de verdura / de flores esmaltado! dezid si por vosotros ha passado” Me he dejado un rato arrastrar por el regusto del silencio. 

Al caer la tarde, estuve en Málaga. El viento, dio sensación de bajada térmica, agitaba las ramas de los ficus; bamboleaba las palmeras y dejó el cielo despejado y limpio. La radio de coche daba malas noticias. España parece que va a saltar hecha añicos. Ni tirios ni troyanos tuvieron desavenencias tan profundas como las que ahora campean por los suelos hispanos. ¿Es posible que haya tanta insensatez entre la gente?

Al regresar, paso junto al castañero de la esquina del parque. El castañero ha dado un revolcón a la olla sobre el anafe. Huelo a castañas asadas. Las noches de diciembre no tienen el embriagamiento sensual de las noches de primavera. El viento trae, en cambio, olor y humo de castañas. La calma de la noche es total. Sólo en la lejanía, de vez en cuando, ladra un perro…


                          Sierra de las Nieves.




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