Río Guadalquivir a su paso por La Puebla del Río. Sevilla.
Diciembre, 17 miércoles.
“Y Sevilla…” Así remataba un
poema excepcional, como eran sus versos, don Manuel Machado. Así es el encanto
cuando no precisa de ningún adjetivo. Así es el espacio único a orillas del Río
Grande cuando pasa por Coria y por la Puebla, ese río por donde vienen los
barcos desde Sanlúcar y de más allá, desde esos mares que se pierden en la
inmensidad del mapa.
Gerardo Diego dijo de otro río,
el Duero: “a la vez quieto y en marcha”. Así va el Guadalquivir esta mañana
cuando Sevilla olía a quietud (que no estancamiento), a reposo, a paz interior,
a ese momento en que uno respira hondo y se deja invadir por la belleza y el
recuerdo.
Va el río camino de la mar. La
mar no está lejos, en Sanlúcar, solo un poco más allá. Bueno, está en su sitio.
(Como están en su sito los recuerdos del Doña María y de la Puerta de Triana y,
de tantos como se anidan en el alma, en noches lejanas) En la orilla, se
bambolean las cañas con la brisa tempranera. Aún no se han levantado los
pájaros en la arboleda de la orilla. Unas nubes livianas entoldan el cielo…
La ciudad despierta en Santa
Clara, en Santa Cruz, en Santa Justa… Dentro de un rato, si los trenes han
llegado a su hora la vorágine de gene que, va y viene, lo invade todo. La
ciudad será un ruido sordo, opaco y monocorde.
Recuerdo otro tiempo. Evoco a
Cervantes, a Rinconete y Cortadillo y los escalones de la catedral y aquel
barrio desde donde salían o a donde llegaban los galeones de América. Ilusión. Sevilla entonces era, de hecho, la capital del
mundo.
La escalinata del Patio de los
Naranjos dentro de un rato, como entonces, se llenará de gente. Era otra gente
diferente a la que hace cuatro siglos esperaban el paso del tiempo en la piedra
dura. Aquella gente tenía la ilusión en su cara, el canto en la boca y una
bandera enarbolada al viento.
La Inmaculada, el monumento a
la Inmaculada, donde siempre. Han asedado la cara de la Giralda y una parte de
fachada de la catedral esa que cuando firmaron las escrituras para levantarla
dijeron aquello de “hagamos una catedral tan grande que los que vengan detrás
nos tengan por locos”.
Un mosaico informa en una
fachara de Santa Cruz que en aquel lugar pudo estar la casa de don Gonzalo de
Ulloa, Comendador de Calatrava, padre de doña Inés. Don Juan se las andaría,
por el Laurel en su convicción de que “los muertos que vos matáis, gozan de
buena salud, don Luis”.
Embrujo, misterio, encanto,
poesía que flota por el aire. “¡Ay
barrio de Santa Cruz!, /¡oh plaza de Doña Elvira! / hoy yo voy a recordar / y me parece
mentira” … Y, Sevilla.
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