Julio,
14 martes.
Le atribuyen a Shopenhauer (por cierto, aún no
he aprendido a escribir correctamente su nombre): «Comprar libros sería algo
bueno si también pudiéramos comprar el tiempo para leerlos».
Nos quejamos, reiteradamente, de la falta del
tiempo. Es verdad. Me he preguntado muchas veces si no es no mejor poco y bien
aprovechado, que mucho por donde las basuras se imponen inexorablemente.
Soy un convulsivo comprador de libros. Tengo
una máxima, si llego a la página 30 y no me ha enganchado, lo dejo. Me va a
hacer perder un tiempo precioso y no voy a sacar ningún provecho. Es más, si
comienza a rodar de un lugar a otro de la mesa o, de silla en silla, o de aquí
te dejo y me olvido de él, tampoco tiene ningún sentido ser recalcitrante.
Ahora, observo en muchas librerías (no voy a
hacer la relación, pero en Málaga todo el mundo sabe a las que me refiero) la
proliferación de autores con apellidos extranjeros. Obviamente, son
desconocidos, no por su calidad literaria que si la desconozco no puedo
juzgarla. Creo que es una moda donde parece que lo de fuera es mejor.
Han desaparecido los autores españoles de las
estanterías. No están de moda. ¿Alguien se ha tropezado últimamente con Juan
Ramón, con Alberti, los Machado, Pérez Lozano, o Pío Baroja…? ¿Alguien ve obras
de Cervantes, Quevedo, Pereda, San Juan de la Cruz, Bécquer, Galdós o Rosalía?
Eso, por citar a algunos. En Tarazona, en una
ocasión, busqué si tenían las Cartas desde mi celda… La nada por
respuesta. Cuando le dije a la ultima señorita que me atendía que se habían
escrito muy cerca de allí, en Veruela, me miró con asombro. Me cupo la duda, si
conocía incluso, la existencia de Bécquer.
Algo parecido me ocurrió en Moguer. Ninguna
librería tenía nada de Juan Ramón. En un momento determinado se me ocurrió
decirle: es que ustedes están en el mapa por los hermanos Pinzón y por Juan
Ramón. Créanme que me miró casi perdonándome la vida… y me dijo algo que me
hundió: “Es que nadie lo lee”. ¡Ay, pena, penita, pena! De aquellos polvos
estos lodos…
Es verdad que somos presas fáciles de la prisa.
Tenemos muchas cosas a las que atender y para las que no siempre disponemos del
tiempo necesario. Queda a un lado lo verdaderamente interesante.
Además, hay un factor añadido, el espacio.
Vivimos en pisos reducidos. A Andrés Trapiello le leí en una ocasión: “no
entran más libros hasta que no salgan; uno que entra, otro que sale”. El
problema viene cuando tienes que decidir de cuál te desprendes… ¡Ay, Dios mío!
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