Julio,
7 martes
La
primera vez que supe de su nombre me embaucó. Me pareció tan bonito que me hice
la promesa, a mí mismo, que un día vendría a ese lugar donde uno deja que
vuelen solos los sueños por los espacios que quieran ellos.
La
busqué. La encontré y vino a su sitio porque dicen que debe ponerse cerca de
una celosía para que pueda enredarse. Yo la he dejado que crezca a su antojo y
así entre los cuadrados de la valla metálica se asoma -porque es muy curiosa –
para ver quién va por el camino y lleva a cabo su desarrollo propio.
Mi
amigo Paco González, en cierta ocasión, me dijo que había dos variedades: una
de invierno; otra, de verano. Yo le dije que tenía la de verano y entonces él,
con la generosidad que le caracteriza, fue y me regaló la que florece en los
meses de frío. Es tan bonita o más que su hermana, la que gusta de los calores.
Tiene
flores en forma de trompeta, unas rojas; otras anaranjadas y como si ellas solas
quisiera tocarle cada mañana a los ángeles cuando se despiertan y se levantan
al alba y tienen que comenzar sus tareas.
Dios
que está en todo va y les encarga el trabajo. Ellos, se sacuden las plumas de
las alas y se vienen a nuestro lado. No nos percatemos, y ahí se las andan, y
nos llevan, nos traen, nos insinúan y nosotros – tontos nosotros – nos creemos
que eso es de nuestra cosecha. Ya ven, a los humanos se nos ocurren unas cosas…
¿Solos?, ni al revolver de la esquina. Y ellos, recuerdan que las trompetas
mañaneras los despertaron. Siguieron el mandato de Jefe se bajaron al mundo
para hacer su trabajo.
Estás
plantas gustan de suelos no muy pobres; riegos moderados, un lugar para trepar,
luz abundante. Y si hace mucho, pero que mucho frío, pues como que no. En
Andalucía les llamamos también bignonias, pero a mí me gusta más llamarle Jazmín
de Virginia…
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