Mayo, 15 viernes
Ha
publicado mi amiga Manuela una foto de Sevilla en primavera. El Giraldillo,
desde su altura, se asoma a ver la ciudad a la que tiene a sus pies todos los
días y todas las noches del año …
Vaya
por delante que Sevilla ofrece belleza en cualquier estación del año. A mí me
lo parece, y cada vez que, por algún motivo me he acercado a ella nunca me ha
defraudado, ni en las personas que me han acogido, ni en el arte encerrado en
sus iglesias y museos, ni en las sombras
de sus calles, ni en el frío del invierno o el calor de sus veranos. Siempre,
siempre han sido generosos en abundancia.
El
Giraldillo, en esa foto de jacarandas en flor, se asoma como quien se empina
solo lo justo para decir que, siempre, en el corazón de las personas que
admiran la belleza – y no esos bodrios, ruptura de paisajes, empeñados en poner
feos los cielos de algunas ciudades - estará él para dar acogida a los que
vienen de lejos.
Ahora tengo una duda. ¿Cuál es la flor de
Sevilla en primavera?, ¿ la lila del árbol que, por el camino de la mar océana, vino
desde tierras lejanas en la América del Sur o el de las rosas de los Reales
Alcázares? A lo mejor, las dos preguntas
pueden tener cabida y aceptar que son ambas...
El
Giraldillo ve también al ‘pasmo de Triana’. Junto al puente ve pasar los
días para engrandecimiento del barrio que fue alfarero y Cava de los Gitanos, y
ve el puente cada Viernes Santo cuando el Cachorro agonizante lo hace pequeño, extremadamente pequeño…
A sus
pies, Santa Cruz, ya no es ni judería ni barrio de embrujo por el que paseaba
don Juan Tenorio (“los muertos que vos matáis gozan de buena salud, don Juan”)
y daba en una de las mesas del Laurel para rendir cuentas con don Luis…
Ahora, (“¡Ay, Barrio de Santa Cruz! ¡Ay, plaza
de Doña Elvira…”), es Leyenda de amores
de sueños que pasaron a lo imposible, porque la vida está hecha de imposibles
que, a veces, un día cualquiera, se fueron por el revolver de una esquina.
Ve el
Giraldillo que el Arenal, ya no es el Arenal, ni por allí se las andan
Rinconete y Cortadillo, ni están los pillos sentados en los escalones de la
Catedral, ni Cervantes en la cárcel del Rey. Ve, eso sí, la belleza de un río
que trajo riquezas. No las supieron aprovechar los hombres, ni el Rey quiso
hacer a la ciudad Capital del España. Mientras tanto, cuando ya ha pasado tanto
tiempo, él, cada primavera, se asoma tras las copas moradas de los jacarandas…
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