Foto. A. García Suárez
Mayo, 5
martes
Las tardes de mayo apuntaban a calor. Los niños volvíamos a la escuela a las tres; en el campanario de la iglesia, casi sobre nuestras cabezas, las campanas tocaban a vísperas; la brisa de la tarde peinaba los trigos y las cebadas tempranas que ya estaban espigadas.
Mi maestro era don José Oropesa. Don José era bajito, de cuello corto un poco entrado en carnes y de voz muy agradable… Un hombre bueno “en el buen sentido de la palabra bueno”. Teníamos la clase en el primer piso de aquel casaron inmundo, conforme se subía las escaleras, a la izquierda. Una ventana abría al patio interior donde don Sebastián Arrabal tenía sembrados varios celindos. Por mayo, se ponían preciosos.
Don José abría la sesión de la tarde con un dictado. Uno se repetía sobre los demás. Entonces, no sabía su autor. Después supe que era del Padre Colomas; de su obra “Jeromín: "Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon". Nosotros lo sabíamos de memoria; apenas sacábamos faltas de ortografía. Por días, salíamos a la pizarra Miguel Bootello, Agustín Lomeña, Paquito, el Pillo Lobato, Almodóvar, Pepe Campano, Diego Mamely,…
Un mapa de hule pendía en la pared. Me gustaban los dibujitos con que ilustraba a los personajes típicos de cada región: el del campo charro, uno de mis preferidos, un hombre con un sombrero muy raro y una capa; una mujer lo acampaba, también, vestía de negro. Tenía collares en el cuello. Las cordilleras estaban tintadas de color marrón, los ríos de azul y la Depresión del Guadalquivir, de verde…
Don José Oropesa tenía una estampa de la Inmaculada de Murillo colgada en el testero principal, al fondo, el cristal hacía mucho tiempo que estaba cubierto de polvo. ¿Culpable? El tiempo. Una repisa de madera sostenía dos tarros de cristal: en mayo, siempre con flores. Los niños traían azucenas de sus casas; la otras, del campo.
En las tardes del mes de mayo, después, de hacer aquel dictado, ponía varias cuentas de dividir (ya dividíamos por casi todas las cifras,) en la pizarra; después, Geografía. Era lo que más me gustaba. Yo veía muy arriba del mapa el Mar Cantábrico…Algunas regiones tenían levantado el trozo de hule donde ponía su nombre.
Don
José rezaba, un Ave María; al finalizar, entonaba: “Bendita sea tu
pureza …” De aquella clase salieron amistades de ideologías dispares. Han
durado hasta que Dios, a su antojo, a alguno los llamado a su vera. Con don
José, ahora, escriben el dictado en la pizarra azul, no utilizan tizas y no
tiene principio ni fin…
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