Mayo, 2 sábado
Me dice un amigo, que sus nietos van a acompañar a un grupo de niños italianos que vienen en intercambio de Erasmus a Huelva. ¡Qué suerte tienen estos niños que no tuvimos los niños de ayer! Van a visitar esa punta de España que ve irse el sol cada tarde…
“La Fe descubridora” asida a una cruz, pierde la mirada –como si la fe tuviese mirada- en la mar océana, aquella de la que Colón quiso que lo nombrasen almirante, y lo consiguió… Una traiña regresa a puerto y en el horizonte la luz. Y Huelva, allí, con su entramado de hierros que recuerdan a Eiffel…
La luz, la ‘sagrada luz’ del sur que la llamó Miguel Ángel Asturias de un sol que se hunde a un palmo del agua. Todo dorado, todo de ensueño, todo único como los paisajes que reflejan, a veces, los estados de alma. ‘Por allí, me dijeron la primera vez que estuve, se va a América”.
América
está tan lejos que no puede verse, que se intuye, que se sabe, que se anhela y
que fue El Dorado para muchos. Alguien dijo que El Dorado está siempre un poco
más allá de donde nosotros podemos llegar. Lo he buscado tanto que, siempre,
siempre, cuando creía tenerlo al alcance de la mano, me topaba con la realidad.
Cruda, dura, tal cual.
La mar, en calma. Sosegada, quieta, como sólo sabe hacerlo la mar cuando quiere ser buena, deja que reposen - quizá tengan echadas las redes - un puñado de pequeñas barquitas. Si uno no fuese hombre de tierra adentro sabría cómo se llaman esas barcas, qué están haciendo…
Me vienen a la mente aquella canción de tragedia donde la mar se tragaba faluchos y amores y esperanzas… ‘¿Me quieres, me quieres mucho? Dímelo, Manuel’… Y Gracia Montes que era quien la inmortalizó - a la copla - pregonaba que era tan bonita, la niña de Punta Umbría, como la Virgen del Conquero, como una flor entre la mar y la ría… Pero ¡ay! Ausencia, luto y pena y todo lo que viene después.
Las sirenas, dicen las malas lenguas que, no se atreven a llegar a donde se unen el Tinto y el Odiel porque, enfrente, en Punta Umbría, la niña sigue, triste y sola, mirando y mirando a las olas y, ahora, cuando ha pasado eso que llamamos tiempo, sigue y no se cansa de esperar.
Sigue
allí, imbuida en el hábito de fraile franciscano de La Rábida cercana, la Fe
Descubridora, y los faluchos que van y vienen a puerto y, la mar dorada bajo el
sol de la tarde. Y lejos, muy lejos, debe quedar eso que llamaron El Dorado y
que siempre - ¡me cachis! - siempre,
está un poco más allá de donde nosotros
podemos llegar.
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