Málaga. Puente de Tetuán. Años 50 del siglo XX
Mayo, 13 miércoles
Calle Cuarteles era el cordón umbilical desde Puente de Tetuán (no era el de la flor de la canela, pero como si lo fuera, porque Málaga es la única ciudad española hermanada con Lima) a la Estación. Acercaba el centro a algo tan periférico como el Bulto. De la estación hacia poniente, arrancaba calle Ayala y algo que comenzaba alargarse, de manera indefinida, y que dieron en llamar, entonces, carretera de Cádiz.
Por calle Cuarteles subían los carros, de cuatro ruedas neumáticas, tirados por caballos percherones. Emitían sonidos metálicos, acompasados y repetitivos. Llevaban trote cochinero. Un hombre los azuzaba desde lo alto del pescante. El hombre tenía un látigo de cuero largo, pendía del extremo de un palo delgado y flexible. Lo hacía crujir con gran maestría. Decían que las gomas no dañaban la calzada, pero las calles estaban llenas de baches y acarreaban las mercancías, desde la estación, a los almacenes de coloniales de Jacinto Pariente, Guerrero de las Peñas o Adolfo Marineto.
Lo
primero que veíamos los niños de los pueblos cuando bajábamos del mixto, que
venía de Ronda y Antequera, antes de unirse, en un solo tren, en Bobadilla, era
el asilo de San Manuel: lo atendían las Hermanitas de los Pobres. Hacía esquina
con la calle por la que se iba el tranvía de Huelin.
Asilo, Hermanita de los Pobres. Calle Cuarteles. Málaga años 50
Una vez, mi madre nos llevó, en el tranvía, a
casa de mi tía María, que no era mi tía, pero que yo la quería como si lo fuera
porque “niño –me contó mi madre un día- tita María fue la primera mujer que a
ti te cogió en brazos y a mí me llevaba, todos los días, un caldito del puchero
al hospital”.
Cuartel de Aviación, ‘Gurripatos”, en calle Cuarteles. Málaga, años 50 del siglo XX
Un poco más arriba, en la misma acera, del asilo estaba el cuartel de los “Gurripatos”; y en frente, Casa Catalina, la mejor freiduría de pescado de la calle, que era como decir, de Málaga. Cuando regresábamos, por la tarde, al pueblo, mi madre compraba cartuchos de aquella fritura que nos comíamos en el tren y que estaba sabrosísima.
A mí el
tren me parecía diferente al de la mañana. Al niño de entonces le desorientaba
entrar a la estación por una puerta y salir por otra. Sólo una cosa no había
cambiado: eran los mismos asientos de madera, corridos y duros, muy duros. Y el
tren enfilaba hacia tierra adentro entre humo y carbonilla que se entraba, a
modo de motas, por los ojos. Málaga se quedaba lejos, muy lejos…
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