Cumanacoa. Estado Sucre. Distrito Montes, Venezuela
Mayo, 11
lunes
Ha
escrito Lorenzo Orellana un libro. No, mejor, ha publicado el Atlas de su vida:
Etapas, Cartas y Diario de un cura diocesano, ExLibric, 2026. Muestra
página a página el devenir de una vida de entrega y servicio. Yo subiría un peldaño
más: Lorenzo acerca al lector el valor divino de lo humano.
En un
rosario (su madre, precisamente, se llamaba Rosario) nos desgrana la infancia, la
vocación, el muchacho, la experiencia de seminarista, -sabrosísimo y osado
conducir una máquina del tren - el cura…
En Santo
Domingo, recién ordenado, administra su primera Unción de los Enfermos. Una
abuela del “Corralón del Barco”, en el Perchel..
- ¿“Y usted tan joven por qué se ha metido a
cura”?
- Abuela,
porque hay personas que están solas y quiero estar dispuesto para cuando me
necesiten…
A la anciana
se le saltaron las lágrimas, pidió el Sacramento y le dijo:
- ¿“Le
doy un beso como si fuese mi nieto”?
- ¡“Cómo
no”!
“Y la abuela,
cuenta, me contempló con un rostro cargado de luz”.
La obediencia
primera. Le dicen que va de superior al seminario. La preocupación lógica. No
estoy preparado; “Pues, prepárate”.
Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, (Cumanacoa) Estado Sucre, Distrito Montes (Venezuela)
“En el
templo parroquial, Nuestra Señora de la Candelaria, (…) cuando elevaba el pan
en el ofertorio, un colibrí sostenido por la velocidad de sus alas se detuvo a
la altura del florero del altar…”
En la lectura
se van a encontrar con la ternura de los que no tienen casi nada, de la ebullición
y solidaridad de los cristianos en Venezuela, con la guerrilla que aparece entre
la maleza. Odios, abusos, maltratos, gente buena que llevan a Dios consigo; la
injusticia de los hombres...
Melilla.
El
silencio de la primera noche en Melilla; el dolor del regreso; la gestión de
los problemas en una sociedad – cristianos, musulmanes, judíos e hindúes - que cambia y donde todos creen
que la razón es suya y Dios están de su parte…; la España que despierta.
La materialidad
de la vida y la grandeza interior del hombre de Dios con quien hace una piña y
al que no suelta (a lo mejor, es mutuo) de su mano. El dolor ante la muerte; la
incomprensión de los ‘nuestros’ ; de los "otros" y la de la gestión que raya casi en la diplomacia’.
Es un libro
para leer de un tirón. Un libro para la noche hasta que vence el sueño o para una
tarde de domingo. Un libro para releerlo, también despacio. (No se dejen atrás
el prólogo de Alfonso Crespo)…
Al leer
el último capítulo: ‘Despedida’, me acuerdo de Michel Qoist en aquel inolvidable,
Oraciones para rezar por calle “y porque me quieres, ¡Lodado seas, mi
Señor!” y has puesto – eso lo agrego yo –
a personas como Lorenzo en nuestras vidas.
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