jueves, 5 de noviembre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Entre la realidad y la esperanza

 

 


Noviembre, 5 jueves


El año viene así porque Quien todo lo puede lo ha decidido. Las últimas lluvias, luvias de verdad, allá, por abril. Luego, un espurreo en octubre que no llega a los treinta litros. Ni un chaparrón tormentoso que, derramado con vergüenza, sobre los olivares habría puesto la aceituna – la de verdeo, claro – en su punto y hora. La trama fue buena. No han dado el calibre. Todo se quedó en la promesa de un deseo.

Se fue septiembre, ese que dicen que o ‘seca las fuentes o se lleva las puentes’; luego, octubre y, ahora, avanza noviembre, del que dicen que “Por los Santos, nieve en los altos”, solo con algunas nubes de paso que amagan pero se van con la música a otra parte.

A lo que iba. Ha habido problemas con la poca recolección y con los precios. Ya no hay cuadrillas de hombres empleados en el ordeño de los olivares. Aquí, en la zona de Álora, la propiedad está más repartida y son más pequeñas las extensiones y por tanto las cuadrillas, también reducidas.

La variedad de aceituna ‘manzanilla aloreña’, regalo de Dios, viene con el sello de su Creador.  Cualidades excepcionales para consumirla como aceituna de mesa. Despega la pulpa del hueso, posee un aroma especial y, su sabor, la hace diferente a todas.

Los olivos injertados sobre acebuches dan una manzanilla aloreña con sello propio. La agricultura moderna los sacas en viveros especializados, pero dicen los que saben, que una aceituna de un olivo criado un barranco… como esa, pocas, muy pocas, por no decir ninguna.

Ya debería haber acabado el verdeo si todo hubiese ido bien. Se ha acabado por otra cosa, por imperativo del tiempo. Eso es peor. Poca cosecha con calibre excelente y, además, con la calor se puesto morada muy pronto y con calibre inferior. A las que se han quedado en las ramas (esta tarde he pasado por Cerro Pelado y están doblados los olivos) les espera el molino, pero como ‘perdigón’. Ya se sabe, donde no hay harina todos son mohínas – va la cosa de refranes – y en el fondo no es más que la sabiduría del hombre del campo que sale a la luz del día.

Desde hace unos días quienes se las andan en las sementeras miran y mira al cielo. El grano esparcido espera el agua que lo haga germinar y la paciencia del labrador, la misericordia divina que haga entrar alguna borrasca por el Golfo de Cádiz…



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