martes, 3 de noviembre de 2026

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las maritoñis

 


Secuoyas. Finca de la Losa. Huéscar (Granada) 

 

Noviembre, 3 martes. 


Llegué a Huéscar al atardecer de un día muy frío de invierno. Hasta allí alcanzaba - hoy, no lo sé - el Arzobispado de Toledo y por allí casi se va Andalucía para la tierra Murcia. Unos niños, cuando se va la tarde, jugaban en la calle. Les pregunto por las secuoyas. No tienen ni idea. Les hablo de unos árboles muy grandes…

 - ¡ Ah Usted, me dicen, lo que quiere ver es a las ‘maritoñis’!… No están en el pueblo. Están lejos…

 Busqué donde pasar la noche. Era invierno; hacía frío. Mucho frío. Calles solitarias; silencio.  Hacía rasca; demasiada. Lo más prudente, optar por buscar el cubil.

-         Esta noche se congelan las tuberías…

-         Seguro.

 Al día siguiente madrugo. Tengo la primera sorpresa con la luz.  Como estoy al este, amanece antes. La luz es intensa, radiante, rabiosa, refulgente, resplandeciente. La escarcha se expande por donde aún no ha tocado el sol.



Y, como luego hice yo, callejeas por el pueblo te puede aturdir la respuesta. La segunda sorpresa, la que corresponde al saludo 

- Buenos días

- Él lo haya”. 

La tercera, a poco que hables con la gente. Te contarán que la casa blasonada de la plaza de Maza  era de un “duque que la vendió  - yo lo vi, dice - que vino dos veces a ver el escudo” y, que antes esto no era lo que es, porque ¿sabe usted? la agricultura está en crisis y que la lana ya no vale lo que pagaban, vamos, que no vale nada; que de los lavaderos de los genoveses, que dieron fama, dinero y gloria, sólo el recuerdo; ¿el cordero?, sí; el cordero es el mejor del mundo y toda la carne se vende fuera, ¿sabe usted?, y ha habido mucha emigración, ¿sabe  usted?, sobre todo de jóvenes; los jóvenes se van y  vamos quedando los viejos, ¿sabe usted?

 

       Huéscar. Parque público Rodríguez Penalva


Y, porque va de sorpresas, llégate hasta el parque: jardín y bosque. Más de doscientos mil metros cuadrados de superficie para el ocio y disfrute. No es normal que los pueblos gocen de espacios verdes tan amplios, como tampoco es normal luego, cuando subamos por la carretera de San Clemente a La Losa encontremos el único reducto de sequoias de España. “¡Las maritoñis!”. Las trajo un duque, el de Wellington, a quien Fernando VII regaló estas tierras en agradecimiento a la ayuda prestada cuando los franceses. 

Antes de echarme a la carretera tomé un chocolate con churros - en época de buen tiempo, me dicen, lo hacen en la calle - (tampoco es malo el pan y el aceite, que por ser de aceituna picual es muy verde) en ‘La Perla’ donde la plaza de Santa Adela, junto al mercado de abastos…

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