martes, 3 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El catalán
Febrero, 3 martes
El tren
partía de Málaga, de la estación que todavía no se llamaba María Zambrano, en
el corazón de El Perchel, al caer la tarde, entre dos luces, Las manillas del
reloj superaban las 5,30. En los meses de invierno, la luz ya estaba
empobrecida.
Cuando
llegaba a El Chorro ya era casi de noche. Los túneles, en las tinieblas,
perdían el encanto que tenían con la plena luz de día. En Bobadilla – la
primera parada – ya estaban las luces encendidas. Era de noche.
Como
era de noche la llegada a Córdoba. Allí, le unían el otro trozo de tren que
venía de Sevilla. Obviamente, se llamaba el “Sevillano”. Maletas de
cartón, cestos, canastos granes cosidos para que nadie pudiese meter mano en la
mercancía. Sueños por dentro; y el otro, el que hace que se cierren los ojos
por el cansancio…
Con la
noche cerrada, en los meses de verano, se veían las estrellas en el firmamento;
por las ventanillas entraba el olor a rastrojo, a mies recién segada; a campo…
El tren caracoleaba por Montoro, por el Carpio, por Villa de Río, por Marmolejo,
por Andújar… con el Guadalquivir. Luego, venía la oscuridad más intensa.
Despeñaperros y La Mancha.
En
Alcázar de San Juan, tomaba dirección a Levante. Indefectiblemente, subían
varios hombres. Voceaban por el pasillo y despertaba a la gente rendida por el
cansancio…
- “Tortas
de Alcázar, tortas de Alcázar…”
Al amanecer,
el tren estaba en Albacete. Ya era de día. La llanura, inmensa. Si era
invierno, helada y algunas veces cubierta de nieve. Ofrecían café en botellines
de cerveza. Un hombre con una caja colgada al cuello que pendía de una correa
larga, pregonaba:
- “Navajas
de Albacete, navajas de Albacete...”
El tren
reanudaba la marcha. En la la Higuera desenganchan unos vagones. Iban para
Alicante; el grueso, para Valencia. Cambiaba el paisaje. Ahora, extensiones
bellísimas de naranjos. La estación una preciosidad. Al igual que en Alcázar,
ponían la máquina tractora en cola. Otra vez, en sentido contrario.
Por
Castellón la cercanía de la costa dejaba ver el mar. En Tarragona casi se podía
tocar con la mano. Era, por supuesto una ilusión. La vegetación, desde la
ventanilla: pinos, algarrobos, almendros, olivos raquíticos, y bosque bajo
mediterráneo. Era otro paisaje. Se antojaba más verde y oloroso.
La gran
ciudad se abría mucho antes de llegar. El humo salía de las fábricas, grandes
construcciones, naves de diferentes tamaños… Era otro paisaje. Después, el tren
aminoraba la marcha. Surgían vías a ambos lados. La estación de Francia parecía
inmensa. Veintitrés horas de viaje y el
tren echa el freno; por los conductos de la maquina salían chorros de humo
blanco, o sea vapor… Unos, tenían más cerca sus sueños; otros, seguíamos
camino…
lunes, 2 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Andalucía vista por españoles del siglo XIX
ANDALUCÍA VISTA
POR LOS ESPAÑOLES DEL SIGLO XIX
Febrero, 2 lunes
Los viajeros
románticos buscaban en la Andalucía del siglo XIX bandoleros, artistas,
toreros, gente de guitarra y castañuelas. Los nuestros, no. Relataron lo que
ellos conocían. Contaron una realidad que palpaban. A veces, de las ventanillas
del tren que era la novedad, o en la diligencia que consumía horas bajo el sol
y cruzaba campos solitarios.
Olivares de la
Peña (1878) dice:
“La vegetación,
pobre y desmedrada sobre las alturas pedregosas, se hace cada vez más bella y
potente, rica en trigo, viñas y olivares, gracias al Guadalquivir que pronto se
descubre en el campo que fertiliza. Lo atravesamos en Menjibar, sobre un puente
de hierro”.
Cecilia Böhl de
Fäber (1856) establece, un canon de lo que debe ser el paisaje desde su punto
de vista. Ofrece una visión negativa de los paisajes cotidianos del campo
andaluz. No dice el nombre, pero deja al pobre pueblo para el arrastre:
“Para hacer de este pueblo, que tiene fama de ser muy feo, un lugar pintoresco y vistoso (…). En él no se ven ni ríos, ni lagos, ni umbrosos árboles; tampoco casitas campestres con verdes celosías, merenderos cubiertos de enredaderas, ni pavos reales y gallinas de Guinea picoteando el verde césped”.
El granadino,
Pedro Antonio de Alarcón (1873) describe ambientes y paisajes con precisión y
detalle. Su obra histórico-literaria: La Alpujarra es una fiel
interpretación de uno de los paisajes agrarios señeros de Andalucía:
“Lanjarón es un
sueño de poetas (…). Lo que yo puedo asegurar que en Marzo, cuando lo vimos
nosotros, parecía un verdadero paraíso; pues, en la base del cerro, todo era ya
verdor, y hasta fruto; en su cumbre, abundaban aquellos árboles que no pierden
sus hojas en el invierno; y, en la parte intermedia, los almendros, los
guindos, los cerezos, los perales y los duraznos, si no tenían hojas, tenían
algo mejor: tenían flores (…)
Se canta el
campo que se vive, que se conoce o que se ve al pasar. Juan Valera (1895),
egabrense, viajero por el mundo. Embajador de España en Portugal, Bélgica y
Alemania. Hombre muy enamoradizo vertía su propia vida en los paisajes ¿o era
al revés y los paisajes lo configuraron a él? en Pepita Jiménez, su obra
más universal cuenta:
“Hermoso sitio,
de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo que riega casi
todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al lado de la que
visitamos: se forma allí una presa, y cuando se suelta el agua sobrante del
riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas márgenes de álamos blancos y
negros, mimbrones, adelfas floridas y otros árboles frondosos”.
Aprovechamiento del agua. Cuevas del Becerro (Málaga)
domingo, 1 de febrero de 2026
Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Cuatro pilares
Febrero,
1 domingo.
Dicen
que el pilar es lo que hace que suba el edificio; la cimentación lo sostiene;
las paredes lo resguardan y la techumbre lo protege de los aguaceros, de las
nevadas – donde cae nieve, claro – y de los soles.
La
novela española tiene cuatro pilares: Cervantes, Galdós, Baroja y Delibes. Esto
no deja de ser una mera opinión subjetiva pero que a uno le cuadra en
sobremanera sobre su manera de ver esta tierra que lo vio nacer y que se llama
España.
Cervantes,
en su obra cumbre, el Quijote, - del que se habla mucho y se ha leído
íntegro por muy pocos - entra con pie propio en la Historia de la Literatura
Universal. El loco hidalgo se echa al mundo a “desfacer entuertos”. O sea,
quiere arreglar el mundo. En su locura no concibe que el mundo no tenga
arreglo; Sancho, es el pueblo. Sancho ve molinos – que es lo que eran – donde
Don Quijote ve gigantes, que no eran. Sancho es la cordura de la realidad; don
Quijote, el idealismo…
Don
Benito vino de Las Palmas a Madrid. Fue más castizo que cualquier chulapo que
habitaba en la Cava Baja, en Chamberí o Lavapiés. Galdós vio en sus páginas – él
que murió ciego – como eran los españoles de otro tiempo; como defendieron y no
se avergonzaron de su Patria y en los Episodios Nacionales dejó retazos
del pueblo llano, el pueblo que vive en la corrala o en la calle y el otro que
se pega al líder para defender lo que él entiende por sus raíces.
Don Pio
Baroja vino de Vera de Bidasoa. Fue panadero y médico. Más de lo primero que de
lo segundo, porque nunca ejerció la Medicina. Sus novelas son la acción pura,
la literatura fluida y sutil que, como un hilo, lleva a los rincones donde uno
no piensa que puede llegar un aventurero como por ejemplo Zalacaín… Decía,
cuando era ya mayor, que a él lo no le gustaba ir de viaje a ningún sitio del que
no pudiese volver a dormir a su casa… Obviamente era una ocurrencia de
Baroja pues él sí había andado muchos
caminos.
Delibes
es la esencia de Castilla. Es parte de esos pueblos sin gente, con el adobe de
sus casas cerradas en el rigor del verano. Es la expresión más genuina del
campo, de sus gentes, de sus paisajes. Nunca la pobreza de Antón el ratero –
que cazaba ratas de agua para comer – era mas veraz que cuando decía: “las
ratas son mías”, “la cueva es mía…”
Delibes
ha sido el mejor andador de caminos para echar el vocabulario puro al zurrón.
La lengua expresa lo que somos. Nunca ha pesado más una libre en el macuto que
el día del encuentro con la pareja de la Guardia Civil…