Mayo, 16
sábado
En un
recoveco de la Sierra de la Demanda, en la Cordillera Ibérica, entre Castilla y
La Rioja se encontró el Código Emilianense donde un monje del siglo X escribió
las primeras frases que se conservan en idioma castellano. O sea, nuestra habla
es hija de Castilla.
En
algún lugar del territorio andalusí, más al sur, nació el zéjel en la Edad
Media. Es una composición poética con una métrica predeterminada que busca la
rima de los versos donde tras varios entresijos expresa la idea. El zéjel entró
en la poética castellana. Se fundieron.
Dice el
maestro Barbeito que los olivos de Jaén son un ejército en plena formación y
presentan armas enhiestas a los viajeros que se adentran por Despeñaperros.
Vienen desde las llanuras de lo que antaño se llamó Casilla la Nueva; luego, La
Mancha por donde anduvo el loco que quería arreglar el mundo, y ahora la cruzan
trenes y vehículos con prisa porque siempre vamos tarde.
Por
cierto, alguien sabe el nombre del monje que escribió aquel primer castellano,
o el que nos dejó el primer Zéjel. ¿Cómo se llamaba el fenicio que traía en su
barco el primer plantón de olivo? A lo mejor, traía el hueso de la aceituna y
la sembró. No nos dejaron dicho nada; sus obras si quedaron.
En todo
ese conglomerado – vinieron otros y nos aportaron y se mezclaron con los que ya
había- y nació un pueblo con sello propio. Tan es así que canta cuando tiene
penas, que llora cuando está alegre y donde para “cantar una copla o matar un
toro se basta un hombre solo”.
Un
poeta andaluz, don Manuel Machado, nos retrató con una precisión asombrosa: “yo
soy como las gentes que a mi tierra vinieron / -soy de la raza mora, vieja
amiga del sol-, que todo lo ganaron y lo todo lo perdieron. Tengo el alma de
nardo del árabe español”.
Aquel
andaluz de entonces nacido en el crisol de la fusión de culturas dejó
monumentos (algunos perdidos como Medina Azahara, por ejemplo); otros, en pie.
Han sorteado vientos, tempestades, guerras, desencuentros y han permanecido con
muchos esfuerzos. Ahí sobreviven la Giralda, la Alhambra, la Mezquita de
Córdoba, la Alcazaba de Málaga…
Ahora,
cuando un tonto dice una tontería, es decir lo que le es propio se entiende que
tenemos que respetar la libertad de expresión. Hay por ahí una mente luminosa
que dice que nos quiere levantar del sofá. La respeto, expreso la mía: ¡Qué
atrevida es la ignorancia”. Bendito Sur sagrado.
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