lunes, 11 de enero de 2021

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Venecia

 

 

                                  


 

¿Te acuerdas? Aquella tarde, Venecia estaba vestida de gris. Una lluvia fina caía suave, mansamente sobre la ciudad. Todo era de un encanto único porque algunas ciudades, y Venecia más, cuando se acurrucan bajo la lluvia tienen una cara que no ofrecen en otros momentos.

Entramos en una tienda, no para comprar nada, que no íbamos a comprar sino simplemente por resguardarnos un poco de la lluvia. Preguntamos por unos objetos de cristal de Murano. Aquello tenía precios para turistas. Los de la tienda que están acostumbrados a ese tipo de clientes, la verdad, tampoco nos prestaron mucha atención. Vamos, no nos hicieron caso.

La Plaza estaba imponente. La monumentalidad se da la mano y la fachada de la catedral se encuadra en un marco excepcional, de esos que uno recuerda ya toda su vida porque no lo va ver en ningún otro sitio salvo allí. Me acuerdo del Papa Sarto y del Papa Roncalli. Pasado el tiempo, uno se conoció como Pio X, el otro, como Juan XXIII. Los dos, Patriarcas de Venecia. La iglesia, hoy, los venera en los altares…

También pasó por aquí Albino Luciani, Juan Pablo I. Tan breve en el pontificado que todo está envuelto en un misterio de dudas y sin que haya mucho interés por esclarecer lo que pudo ocurrir aquella noche de agosto aunque el temor apunta a muchas elucubraciones.

Deambulamos por calles estrechas, lóbregas. Calles tortuosas, con esquinas en ángulos, con edificios de piedras húmedas, decadentes… Junto al Puente de Rialto tomamos un espresso. Pequeños puentes con barandillas de mármol sucio y viejo, con escalones de subida y de bajada, nos ayudaban a salvar los canales.

 De vez en cuando, un olor desagradable venía desde los canales y a veces, veíamos alguna góndola – alfombrada de paño azul y caballitos dorados en la proa- que transitaba despacio, sin prisa, acompasada, tampoco estaba la tarde para paseos románticos por la ciudad que se sobrepuso a las aguas.

Venecia es una ciudad que no se puede describir. Por Venecia han pasado las mejores plumas - Mann, Rilke, Joyce, Lampedusa… – y han hablado de ella. Cada viajero dejó anidar dentro de sí sus sentimientos. Por el Gran Canal transitaba majestuoso un crucero. ¿Te acuerdas? El vaporetto cortaba las olas que entraban del Adriático; nos devolvía al Lido…

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