sábado, 23 de enero de 2021

 

 

                                   


El autobús partió de Praga temprano, después del desayuno. Se alejaba de la ciudad.  Pronto, salió a campo abierto. Cruzaba la llanura. “Que las olas me traigan y las olas me lleven,  / y que jamás me obliguen el camino a elegir…”  Hago mío los versos de Manuel Machado en Adelfos. Los interiorizo. Me encuentro a gusto con el mensaje. Campos verdes de cereales, plantaciones de lúpulos y llanuras donde se pierde la vista. Es la tierra de Bohemia, el paso natural desde Europa Occidental a la Europa Oriental.

A media mañana, llegamos a Karlovy Vary. La ciudad está en el fondo de un valle frondoso. Es la ciudad balneario más importante de la República Checa. Su fundación se remonta al siglo XIV, cuando en 1350 el rey Carlos IV descubrió sus aguas termales. Curiosamente, los reyes en sus cacerías encuentran fuentes en los bosques …

Un arbolado tupido la rodea. Por su centro corre el río Teplá. En checo significa ‘caliente’ por la temperatura de sus aguas, antes de su confluencia con el Eger. En Alemania, el Eger tributa al Elba. La ciudad, debe el nombre a su fundador. Karlovy, genitivo de Karl, y vary, ‘baño termal’.

Paseo por la orilla del Teplá. Edificios suntuosos. Todo es hedonismo, buen gusto, ostentación. Tiene un cierto aire de un pasado esplendoroso. Ha estado en manos del Imperio Austro-húngaro, Alemania, Checoslovaquia y ahora Chequia. Su paisaje, la calidad de sus aguas – ciento trece fuentes -  ha permitido su desarrollo como uno de los puntos turísticos más atractivos de los Sudetes.

Lujo, el placer de pasear por sus zonas ajardinadas, belleza. Subo bordeando el río. Las tiendas para turistas, ofrecen cristal de Bohemia, cerámica, un licor de yerbas…

El Gran Hotel Pupp, fue fundado en 1701 por un confitero, Johann Georg Pupp. (Hay que degustar las obleas). Caigo, sin saber cómo, por su puerta. Entro. Las olas del destino... Conserva algo – o así me lo parece – de la gente que allí se albergó: Goethe, Beethoven, Mozart, Karl Marx, Mark Twain, Antón Dvorak, Bach, o Wagner…

Sentado ante los ventanales – al otro lado del jardín - en su salón, a esas horas en que comienza a declinar la tarde, con un café delante, es el sitio ideal para escuchar la música de Malher, aunque ¡mira por dónde! él nunca estuvo alojado en estas estancias…

 

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