sábado, 11 de julio de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Vida






Levante – casi temporal en Cádiz, los lleva a Primera; ¿nosotros aplazamos la angustia al lunes, en Gijón? - “Solo una cosa importa, donde quiera que estés y  adónde quiera que vayas, escuches la música y el ritmo de la vida”. No recuerdo el nombre del autor. La copié y la anoté en algún papel suelto.

Llegan noticias que angustian. El bicho anda suelto. El bicho no sabe de economías a las que hay que resucitar, ni de noches de verano con las terrazas a tope, total para comerse una ración de pescado frito y una cerveza que al rato está caliente…

Necesitamos salir, precisamos relacionarnos con los demás. No somos ermitaños que optan por la vida recogida y solitaria. No hay – o mejor, hay pocas cosas - más duras que la soledad impuesta. Habla el silencio, habla la ausencia, habla todo eso que nos falta cuando no tenemos lo que más se necesita, la compañía.

La vida tiene su ritmo. La vida tiene sus colores: rojo, celeste, violeta, rosa… La vida encierra la belleza dentro, tan adentro, que solo se la muestra a quién quiere. Ella es así, se muestra esquiva y cicatera y solo es generosa con quien quiere serlo.

El periódico habla de efemérides de horror en la guerra de los Balcanes, y de cafres sueltos que intentan asaltar su propio Parlamento. Mensajes repetitivos como un ajo comido crudo. Uno, a veces, siente una zozobra interior no por esos mensajes que no admiten una ojeada de microscopio sino por los que se hacen eco  y, además, toman decisiones que nos afecta a todos.

Esta mañana los pájaros cantaban al amanecer. Luego, cuando llegó la calor del mediodía, desaparecieron. Buscaron las umbrías frescas de las alamedas, los cañaverales de sombras permanentes en las orillas del río o los sotos por los que  “mil gracias derramando pasó....” Ya me entienden.

Mi gata ha sacado adelanten un camada de cinco gatillos. Los vimos nacer, los hemos dejado crecer y cada mañana ella, como madre, acude a serviles el desayuno. Al principio, no salían del escondite. Se protegían, ahora toman confianza, y ya sumidos en su sobrevivencia – con las cosas de comer no se juega – hasta se dejan fotografiar.

Es la poesía, el ritmo de la vida. Hay otros mensajes. Algunos portadores de preocupación o de una soledad inmensa… ¡Tendrá que ser así!




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