jueves, 26 de marzo de 2020

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Los muchachos






                                 
                                                          I

Mañana de primavera, no hacía viento. El monte de enfrente, todo verde, invitaba a hacer excursiones. Había nidos tempraneros en los árboles y mariposas de flor en flor, libaban las abejas.

Tom, Tom Sawyer, había hecho una de las suyas. Tía Polly lo había castigado. Tom debería encalar la valla que bordeaba la casa como ‘premio’ a sus diabluras. El castigo tenía dos penalidades: la valla era muy larga y no se veía el final, y la segunda y más dura, daba al camino y en cuanto pasasen por allí sus amigos sería el objeto de las burlas de todos…

Primero fue Jim, el negrito que iba a la fuente por agua. Lo convenció para que le hiciera el trabajo, pero fue más convincente la alpargata de tía Polly que abortó la intentona. Después, Ben que imitaba a los vapores que subían y bajaban por el Mississipi…

                                                         II

Homero Macaley - repartidor de telegramas nocturnos en su pueblo de Ithaca, California - en su camino diario hacia la Escuela Superior, se topó con una cerca protectora de un solar vacío y lleno de hierbajos. Homero Macauley pensaba correr las 220 vayas bajas… vio la ocasión propicia para un entrenamiento.

Homero se apeó de su bicicleta. Encaró de manera decidida la empalizada. No pudo saltarla en el primer intento. Un estruendo de palos rotos delató que no había conseguido lo pretendido. Lo repitió hasta siete veces, todas en vano.
Al ruido salió un hombre. Se interesó y le dijo que en aquel solar, él tuvo treinta y tres conejos de diferentes razas. Alguien le abrió la puerta una noche…

                                                             III

Al salir de la escuela una tarde de otoño los muchachos bajaron por el camino de la Cuesta del Río. Llegaron hasta la vía del tren. Pasó un ‘mercancías’. En sus vagones encerraba una carga de granadas y membrillos.  La máquina resoplaba, echaba un humo denso por la chimenea.

En el cruce con el Camino de la Vega Redonda, decidieron ‘hacer’ una visita a la parra del Tío Mateo, un hombre enjuto, con bigote y siempre malhumorado. Las mejores uvas del contorno eran las suyas.

El Tío Mateo tenía una yunta de vacas en una pesebrera, un jilguero en una jaula y un mastín amarrado con una cadena bajo la copa de un nogal. Cuando Tío Mateo detectó la presencia de los muchachos, soltó al perro…  



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