miércoles, 10 de julio de 2019

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Verano






La muchacha llegó de la calle. Fuera hacía calor. Mucho calor. Era ese calor de media tarde arriba cuando el sol va camino de la retirada y, en el Sur, todo achicharrado, suspira por una brizna de brisa fresca que sube del mar y renueva  el ambiente de sopor.

La muchacha comenzó a desprenderse de la ropa. Sin prisa. La muchacha lo hacía despacio. No había ninguna prisa a esa hora de la tarde. La ropa estaba sudada, pegada al cuerpo. La ropa no quería desprenderse con facilidad. La albura de su ropa interior había perdido parte del encanto de cuando la alcanzó del fondo del armario…

Bajó las persianas. El sol escribía en un pentagrama  de morse. Todo eran rayas y punto; punto y raya sobre el suelo de la habitación que desprendía el calor acumulado porque la orientación - la mala orientación -  no permitía que se refrescase. Dejó, pausadamente, la ropa sobre la cama; respiró hondo. Se dejó caer…

La muchacha sabía que fuera, en el jardín, las plumerias rosas, blancas, blancas y amarillas eran un canto a la sensualidad que ella esparcía desde su cuerpo semidesnudo y sudoroso tumbado sobre una cama una tarde de verano.  Todo el  jardín esperaba a la noche. Soñaba con ese frescor que desprende el césped  cuando comienza a subir la humedad.

La muchacha escuchó otra vez a Zenet. La muchacha es una ferviente admiradora del artista que está  a mitad de camino entre el jaz y el flamenco de media noche y escuchó una vez más lo de “eres lo que menos me conviene”, “aquello por lo que brindo”, “lo que no dicen las cartas”…

Y pensó que era más de lo que se adivina, porque le asusta, porque le lleva a su terreno,  o porque se peina con una raya en el medio. Todo era sensual y misterioso en lo que transmitía ese hombre pequeño, delgado, enjuto y tocado con un sombrerito de paja caribeña… La muchacha entornó los ojos  y pensó en otros años en otras tierras.

El pitido de la sirena de un barco cruzó la tarde. Las gaviotas, indiferentes, veían como los cruceros emprendían rutas por las aguas azules de Ulises… El sol mandata un mensaje en morse: “no hay nada más hermoso que el amor secreto”. La muchacha entornó los ojos y lo hizo suyo.


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