jueves, 1 de noviembre de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Loado seas mi Señor



Entra noviembre con la caricia de la lluvia en la ventana. Hay un repiqueteo de aguacero sordo y monocorde  en el alféizar. Una música que no por sabida suena a vieja. Es la lluvia que fertiliza y cae, mansamente, con tiento esta noche sobre el campo.  Reposa la campiña; está a media vela la huerta. Enhiestos los cipreses… ¿En qué rama pasarán los pajarillos  el aguacero?

Los pámpanos de la parra conocen  la cercanía del final de su trayecto. Han cumplido. Todo se termina para ellos. Brotaron cuando el calor apuntaba por abril y el campo se pespunteó de flores  y vistieron de verde como quien acaricia con mucho mimo a los primeros racimos de uvas nuevas; luego, vino mayo, y ellos fueron protección y sombra… Ahora ya saben que todo termina.

No hay alboroto de palomas en el palomar. El frío y la lluvia las tiene recogidas. Buscan el calor del lugar cerrado. Se apartan de la pequeña boca de entrada donde en las noches de aire fuerte silba el viento que quiere entrar a tropel como si en su interior viniese toda la caballería desbocada.

No ladran, tampoco, en la lejanía los perros. Todo en el campo es silencio.  Hay una paz diferente a la que otras noches cubre el campo. Cae la lluvia. Tiene el encanto de todo aquello que cantaba el ‘poverello de Asís’ y brota del manantial de dentro el ‘loado seas mi Señor por la hermana  agua y por nuestra hermana la madre tierra’. Y todas las criaturas ahora hablan con su silencio.

El reloj del ayuntamiento ha dado la hora. No sé qué hora. Tampoco sé  a quién dirige el mensaje en las noches largas el reloj del ayuntamiento de mi pueblo ni los relojes de los ayuntamientos todos los pueblos. Seguro que habrá algún noctámbulo que comparta con ellos el momento… Seguro que esta noche de lluvia mansa, placentera, el campo  también habrá escuchado las campanas del reloj solitario y olvidado que da las horas, todas las horas,  desde la torre del Ayuntamiento…





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