viernes, 16 de febrero de 2018

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Diario


16 de febrero. Viernes

A media mañana hemos subido con Luis, y su mujer a la ermita de Las Cruces. Desde La Gabia, trepa un camino serpenteante. Hemos cruzado por encima de la vía del AVE. Pasa un tren. El ruido que hacen estos trenes veloces no tiene nada que ver con el que hacían los trenes arrastrados por las máquinas de vapor. A medida que ascendemos se abre el paisaje. Almendros en flor. Belleza y más bellezas; al fondo el pueblo.  El Torcal casi al alcance de la mano; por poniente, las Sierra de Alcaparaín y la Serranía de Ronda; al sur, el mar. Brilla con la luz que lo llena todo. Góngora lo llamó: “cerulea tumba”. Se me antoja, como un espejo gigante, para asombro de todos, y en el que no nos podemos ver. La ermita está cerrada. María, la mujer de Luis, imparte clases de Lengua en un Instituto de Córdoba. Coge un ramillete de siemprevivas. “Son del año pasado, el digo, las de éste todavía no han florecido”. En Almogía buscamos para comer algo del lugar. Nos ofrecen “pulpo a la gallega”. No gracias, para esto no hemos cruzado todos los Lagares esta mañana. ¿Le valdrá la anécdota a Luis para un ejercicio de redacción con sus alumnos? 

Por la tarde me he acercado al vivero. He ido para hacer una consulta. Les he llevado un puñado de hojas enfermas. Creo que es roya. He dado un tratamiento con cobre; quiero cerciorarme. Pregunto por uno de los ‘jefes’. No está. Ha ido a no saben dónde pero volverá dentro de un cuarto de hora. Me atiende una chica joven; morena; los ojos inexpresivos. Tiene cara de malhumorada y lleva a cuestas un constipado grande. Le muestro las hojas. Le pregunto ¿esto qué es? Me responde de manera seca y cortante. “Eso es una enfermedad de los rosales”. “Hasta ahí, - uso la misma moneda - llego”. Se da cuenta; recapacita. Eso es roya. Gracias. Se entabla un diálogo de frases cortas. Le digo que he tratado con cobre. Me da su aprobación. "Un tratamiento - agrega por semana". Luis asiste atónito al diálogo. Le digo que entre el pulpo a la gallega del mediodía y la roya vespertina el día ha prometido…









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