lunes, 16 de octubre de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Impotencia

El diccionario define el miedo excesivo como pavor. También lo tiene por espanto. Desde Galicia, para ser más preciso, desde todo el noroeste de la Península, tocando también Portugal y Asturias vienen noticias tremendas. Casi todo se resume en impotencia.

El fuego lo arrasa todo. Es casi imposible contar cuántos y en qué lugares los canallas sin escrúpulos le han pegado fuego al monte, a la tierra, a los caseríos a todo lo que es susceptible de arder y arde.

Han aprovechado las horas de la madrugada. El periódico dice que casi todo comenzó ‘a la medianoche’. Ya ven a la hora en que se levantaban los boyeros para echarle las pasturas a las vacas y los gañanes entre dos estrellas, porque el lucero del Alba, o sea Venus, apuntaba en el horizonte repasaban las yuntas…

Todo comenzó cuando la gente mala tiene más azuzado su espíritu  - porque ¿la gente mala también, tiene espíritu, verdad?-   y lo saca del interior de su almario y lo echa fuera y entonces, amparado en la oscuridad deciden la manera cómo pueden hacer más daño. Algunos, a lo mejor, hasta lo sacan antes porque ya no lo pueden aguantar dentro.

Hace años que no voy por Galicia. Por los Ancares, no.  Bajé desde Fonsagrada, en Lugo, hasta las riberas del Sil antes de llegar a El Bierzo en León. Son montañas preciosas. Se respira campo y quietud. Son montañas por las que Dios de vez en cuando se da una vuelta pero que la mayoría de las veces las tiene dejadas de su mano.

Bueno, no es correcto lo que acabo de decir. Quienes la tienen dejada de la mano son los hombres. Hay hombres  - se llaman gobernantes –  que no gustan de ir por estos parajes y claro las carreteras, o lo que es  lo mismo, las comunicaciones son infames. Transité por carreteras que el mapa pintaba antes con los colores de ‘carreteras nacionales’, ahora autonómicas y están terrizas. Tal cual.

Dicen que Los Ancares son tierras de osos – obviamente, yo no vi ninguno – y de pallozas. Pallozas sí vi unas pocas. La mano celta aún pervive. Los valles profundos y los picos elevados ahora están surcados por el fuego. Dan pavor las imágenes que salen de allí. Piornedo, Samos, Outerio do Rei… ¡Dios mío, qué espanto! ¡Qué impotencia!


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