lunes, 11 de septiembre de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pan

Lo dice el Evangelio. La noche antes se los llevó a cenar juntos. Buscaron un lugar apartado del bullicio, se sentaron a la mesa, celebraron algo único y especial. Y dice que, entonces, tomó pan, lo compartió y le dijo que eso no se quedase allí sino que lo hicieran por siempre y como recuerdo.

Hay otra  página excelsa. Tiene también el pan por medio. Estaban a la orilla del lago. La muchedumbre no tenía que comer. Pregunta qué hay. Le dicen que poco. Vamos más que cerca de la nada y, entonces, manda que comiencen a repartir y dan y dan y dan. Panes y peces y terminan informando que sobró de todo…

Hay más. Cae la tarde. Van de regreso. El sol se oculta detrás de las montañas; el camino polvoriento de una primavera que apunta. El hombre va solo, se agrega a otros dos… “quédate con nosotros” le dicen. Hay peligro en los caminos. Hablan de lo que ha pasado esos días. Se sientan a la mesa, toma el pan y… “lo conocieron al partir el pan”.

Tres maneras de tratar el pan – en el reparto de la Comunión, nos dicen: “el Cuerpo de Cristo” – y lo tomamos con la unción como se toma todo lo sagrado. Tiene el Evangelio el mensaje claro como todo lo que dice el Evangelio, aunque algunos se empeñan en explicarlo,  para que lo entienda todo el mundo.

Casi el filo de la media noche. Suena el teléfono. Un amigo me cita a media mañana; vamos a partir el camino.  Hay cambio de agenda. Me trae un pan de tierras gallegas. Mi amigo ha intentado mitigar los calores del verano lejos del infierno que azota su tierra de abril a noviembre. Se acuerda de los amigos…


Pan, ¡bendito, pan! ¡Dios mío que pan hacen por esos mundos que están más allá de las sierras que hay frente a la ventana de mi casa. Es el pan que hacen en otra tierra; es ese pan que nos sabe muy bueno porque no lo comemos a diario pero es que, además, es bueno, buenísimo.

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