viernes, 30 de junio de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. ¿Cómo le ponemos?

¿Cómo le ponemos a esto? La autora de la foto, Pilar, lo ve cada mañana en su paseo tempranero. Es el Guadalquivir, el que pasa por Lora, Lora del Río, claro, que decía la copla de cuando éramos niños y la gente se la mandaba, unos a otros, en aquella sección de ‘discos dedicados’  ¿se acuerdan?, pero, también deja, a ambas orillas, a Sevilla, y a Coria, y a la Puebla…

Dice la radio y la televisión y los periódicos que media España se va donde la otra. Es decir, adiós a los espetos de sardinas, a los pescaítos fritos, a esa cosilla que produce ese bicho que, por tener bonito, tiene precioso hasta los andares. Todo se va a disparar de precio porque claro hay que sangrar al que viene de otro sitio a conocer al nuestro.

Hablan de cifras mareantes. Algo así como ochenta y nueve millones de españolitos que se echan a la carretera, toman la vía del tren o se acercan, dos horas antes al aeropuerto para que lo registren, le quiten el cinturón y lo miren como presuntos  - por cierto, en Portugal, al jamón se le llama ‘presunto’;  en España,  al presunto, chorizo, pero eso es otra cosa – delincuentes y todo porque se les puede ocurrir ir a visitar la catedral de Santiago,  por decir algo.


La foto de hoy me ha llenado de quietud. Todo es armonía. Todo es belleza. El espejo del agua que puede sonar a tópico refleja esa arboleda que lo circunda; el cielo se torna de color de oro, de ese oro del dorado que no está un poco  más allá de donde nosotros podemos llegar; no. Está ahí. Espera al sol que no se lo quiere perder. Asombra; es un deleite. Recuerdo a San Juan de Cruz, y lo pienso, y lo asumo, porque Este sí es mi Dios: “mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de su hermosura…”

La imagen puede contener: cielo, árbol, crepúsculo, exterior, naturaleza y agua

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