lunes, 17 de abril de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Pedro

Calor. La primavera apunta a verano. La gente suda.  Aglomeración. No se cabe. La bulla empuja. Todos quieren un lugar de primera fila. Está ocupado; otros llegaron antes. Y, claro, ya se sabe…

Baja el trono – porque en Álora, mi pueblo y el vuestro, o se sube o se baja,  por eso tenemos el cielo tan cerca, algunas veces…- baja, el trono, les decía, por la calle Santa Anta; esquina del Chismo.

Pedro es un niño que se hizo grande. Pedro vive lejos, casi en la otra punta del mapa. Pedro ha vuelto cuarenta y algo años después a ver cómo defilan sus compañeros del Tercio ante el Cristo de la Buena Muerte y ante la Virgen de los Dolores en Álora, la mañana del Viernes Santo…

Eso dice él. Yo creo que Pedro ha vuelto a reencontrase consigo mismo. O sea, con el niño que se fue, con el muchacho que se alistó voluntario al Tercio Duque de Alba, en su Cuarta Bandera.  Supo que aquello es algo distinto a todo lo demás; es único. Pedro ha vuelto y se ha reencontrado con quien desembarcó una mañana en el puerto, y luego, por la noche, cantó, bajo el palio de árboles de la Alameda…

Pasa una sección legionaria. El cornetín ordena, ‘media vuelta’. Obedecen. Entonces, hay un toque mágico de corneta. Los hombres comienzan un rezo…. Una sola voz: “Nadie en Tercio sabía…”

Le siguen las voces de los más cercanos. El rezo legionario es de todos. Avanzan el canto: “soy un hombre a quien la suerte…” A Pedro comienzan a humedecérsele los ojos; a los que estamos cerca, también. La voz arrecia. “… hirió con zarpa de fiera / soy un novio de la muerte…”

Cantan; suavemente, con los pies sobre la tierra, un balanceo. Se acera el trono. Viene Ella, sublime, preciosa. Dice una mujer – también llora – “viene de dulce”; yo diría que de Legión y oro.  La mecen. Sudor bajo el varal. Van camino de la Despedía… Será dentro de un rato, cuando entre el gentío logren llegar…


Siguen los caballeros legionarios… “por ir a tu lado a ver te, / mi más leal compañera, / me hice novio de la muerte, / la estreché con lazo fuerte / y su amor fue mi bandera…” Pedro llora; los demás, también.




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