sábado, 21 de enero de 2017

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Las nuestras: Josefina Carabias

Cuenta, que en las noches de luna clara, veía Gredos desde su ventana. Para ella la Sierra formaba parte de su vida. Ella sabía, por el color de la Sierra, cuándo iba a llover o cuándo se levantarían las nieblas. Sabía que la Sierra era algo consustancial a su vida.

Joséfina Carabias nació en Arenas de San Pedro (Avila) en 1908. Su padre vivía del campo y de la ganadería. Su madre se opone, porque un cura del pueblo le dice que donde tiene que estar la niña en casa, a que inicie el Bachillerato.

No hace caso. Estudia por libre; marcha a Madrid; inicia Derecho. Se aloja en la Residencia de Estudiantes bajo la dirección de María de Maeztu. Acude al Ateneo. Entabla amistad con don Miguel de Unamuno y Valle-Inclán. Se corta el pelo a lo garçon; baila charlestón en los cafés-concert…

Llega al periodismo casi por casualidad. Un primo lejano, Vicente Sanchez-Ocaña, director de La Estampa, le encarga un trabajo sobre la mujer en la Universidad. Después entrevista a Victoria Kent… Entra en Radio Unión (lo que luego sería la SER); presenta el primer diario hablado de España.

Se casó con Manuel Rico-Godoy. Se exilian en Paris. Su marido, encarcelado hasta 1944 por el franquismo. Se le acusa de masón y comunista. Ella permanece en París (Los alemanes en Francia vistos por unas española) con su hija, Carmen Rico-Godoy. Al regreso no puede firmar con su nombre. En 1945 nace su segunda hija Mercedes Rico Carabias… Publica El Congreso se divierte; Una mujer en el fútbol (se agotó a los diez días)…

En 1951 gana el Luca de Tena; el Mariano de Cavia, en 1954. Informaciones, la envía de corresponsal a Washington. En 1959 vuelve a París, ahora, con Ya, donde escribirá hasta su muerte. Conoce muy bien a la sociedad francesa. En 1967 regresa a España.

Josefina compra un apartamento en Marbella. Viene, desde París, solo los veranos. Un día, un jardinero arregla unos arriates. Coge unos esquejes;  los planta en balcón. Al año siguiente, regresa, el balcón está ahíto de flores. Se pregunta en su artículo de Ya: “Qué tiene esta bendita tierra que hasta los geranios florecen sin que nadie les haga nada”.


Yo, la descubrí, de muchacho; su muerte, en 1980. Aquel día alguien se me murió…


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