martes, 13 de diciembre de 2016

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica del mostrador

La chica del mostrador tiene la elegancia de una sinfonía lejana que trae el viento; el  deje de  música de violines enredados entre las ramas del bosque; el gorjeo de pajarillos que ponen notas de diferencias.

La chica del mostrador roza esa edad en la que dejó de ser niña pero, todavía, no ha llegado a la edad de mujer madura. Sus manos, finas; usa guantes de color añil – como el cielo en las mañanas de verano – que cobija dedos largos y puntiagudos.  La chica del mostrador  muestra siempre agrado, complacencia…

Tiene una sonrisa amplia y generosa; su tez,  blanca como la luna nueva de diciembre una noche clara sin nubes. Nariz aguileña; ojos azules y pelo rubio. En el pelo le han moldeado rizos artificiales con mechas negras;  le dan una cierta gracia cuando gira, de pronto,  la cabeza.

Es de estura media; ni alta ni baja. Labios delgados tocados con una sutil pincelada de carmín;  boca grande; pómulos prominentes; frente lisa, despejada.

La  chica del mostrador es una mujer delgada. Su cuerpo de junco de ribera se mueve de un lugar a otro. Me acuerdo del cante por verdiales: “Viva Dios que nunca muere / y si muere resucita / viva la mujer que tiene / delgada la cinturita”.

No para. Atiende, sonríe, despide con agrado al cliente que se va. Siempre termina el servicio con “gracias”…Y, luego, se dirige a alguien que espera con una inclinación de cabeza y cortesía… ¿Dígame?

Acude al trabajo puntual. ¿Dónde vive? Ni cerca ni lejos; o sea, en el entorno. Llega y entra por la puerta por donde accede el personal que trabaja allí. Pasa los controles; se pone el traje de faena;  ficha en el artilugio electrónico habilitado para esos menesteres, y se coloca detrás de la vitrina porque el mostrador donde la chica trabaja tiene una vitrina de cristal que aísla los productos. Ya se sabe, cuestión de higiene.


La chica del mostrador siempre habla de usted. Despacha solícita, con la prontitud. Sabe  que el cliente puede tener prisa y no le hace que pierda el tiempo ni el de él, ni el de ella. La chica del mostrador, tiene sobre la parte izquierda de su pecho una etiqueta con su nombre. Tiene un nombre precioso…

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