miércoles, 21 de septiembre de 2016

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Albaycín chiquito

Es chiquito y está ahí. Blanco e íntimo; sugerente y misterioso. Pespunteo de bordado de ángeles; recostado en la ladera desde siempre. Un chorreo de Vía Láctea que se vino a vivir a la tierra y encontró su encame al pie de la ladera; al socaire de vientos que venían de otras tierras y dieron por quedarse.

Fue una prolongación del caserío que se hacía grande, a medida que los años de tensión y guerra fueron pasando. Primero, asiento de gentes, que cuando venían los tiempos malos, buscaban el resguardo de las murallas cercanas del castillo.

Al otro lado, como si fuese un canto al nuevo tiempo que llegaba, construyeron la mole soberbia del templo. La iglesia de la Encarnación dijo que la otra, la primitiva, la que había dentro del castillo se había quedado pequeña y que allí, en su sitio nuevo estaba ella. Tardaron casi un siglo en levantar sus muros.

Luego, vino el campanario coronado con un último cuerpo,  como levantado con bulla, porque les apremiaba un no sé qué extraño, y colocaron las campanas que tocaban a misa, a fuego, a gloria, a enterrito de niño chico, a agoni, a muerto, a rezos de novena, de triduos, quinarios y septenarios; a vísperas y a ángeulus…Ya se sabe cómo hablan como solo saben hacerlo, para las ocasiones, las campanas de los pueblos.

Y ahí sgue él. Impertérrito. Ve cómo pasan los días y eso que damos en llamar tiempo y cómo sus gentes se van y vuelven en busca de los recuerdos que se han quedado por las esquinas, en los aleros, en los alféizares de las ventanas como quien mira al hijo pródigo que viene de lejos, de muy lejos.


Viejo barrio blanco. Cuna de sueños que buscaron otros cielos y que siempre lo llevaron dentro porque marcó con ese sello indeleble del lugar donde nacemos, que enraíza dentro. El Barranco, o el Albaicín nuestro, que para el caso es lo mismo y que esta tarde Felipe Aranda ha desplegado, desde el objetivo de su cámara,  como abren la muleta los grandes maestros y  ha dicho: ahí queda eso…

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