martes, 21 de junio de 2016

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La chica de los ojos bellos

                                                                                  ¡Va por Usted, amiga mía!

La temperatura estaba muy agradable al amanecer del día del solsticio de verano. Desde muy temprano sopló el aire de Levante. En otros sitios, de la cordillera arriba donde no llegan las brisas que vienen de la mar,  al Levanten le ponen otro nombre. Lo llaman ‘solano’ o ‘granaíno’. Allí es un viento cálido;  despeina los olivares; revuelca las gavillas; lo achicharra casi todo.

La primavera hacía unos días que se había vestido de verano. O sea, que se había ido.  El campo estaba agostado. Las cebadas y los trigos granados; arrancadas las habas y las arvejas y solo quedaban en pie los garbanzales tardíos que se habían salvado de la ‘rabia’ en las aguas de mayo.

 Las zarzamoras de los vallados estaban provocativas y reventonas de sensualidad; se habían puesto su corona de sépalos rojos las granadas del pimpollo y las brevas eran una provocación de sensualidad para las abejas y para los pájaros golosos.

El aire corría fresco y agradable por la calle. El aire venía con traje nuevo. En  los naranjos que el Ayuntamiento había sembrado por las aceras, las naranjas agrias de la cosecha del próximo año era un muestrario de botonadura de gabanes que se aprestaban para pasar el verano antes que el calor riguroso les hiciese pasar el quinario.

Las naranjas agrias de las huertas tenían más suerte. Tendrían riego abundante; su abonado; una lucha contra las plagas y cuando llegasen los fríos de enero cuadrillas de hombres entrarían con una tijerita especial en  la mano y las cortarían, una a una, sin dañarlas porque luego las harían mermelada para la hora de los pasteles con té, para el desayuno, para la merienda de los niños.

Con el final de la primavera la chicha de los ojos bellos cazó sin saber ni cómo ni por qué una conjuntivitis que la apartó del quehacer diario. El oftalmólogo le dijo qué colirios debía ponerse para atajar la infección, qué debía y que no podía hacer…


La chica de los ojos bellos el amanecer del día del solsticio de verano se resguardó detrás de unas cristales ahumados y convivió con la penumbra de la habitación, ¡ella que era todo luz!, y esperaba y esperaba…

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