miércoles, 18 de noviembre de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. El mendigo de la iglesia de San Ginés

Viaje relámpago a Madrid.  Otoño, en los árboles; presencia policial en la calle. Hace, todavía, calor. Veo a Dios  vestido de mendigo por muchos sitios. Pide limosnas en la puerta de la Almudena, en Jesús de Medinaceli, en San Ginés… Dormita en los bancos de Paseo del Prado.

Nadie le hacía caso. La gente pasa. Algunos miran; otros, no. La gente  - yo, también - sigue, a los suyo.  Nada de aquello va con ellos. Es una imagen tan usual…

El cielo velazqueño se extiende por las pimpolleras de los plátanos.  Los árboles se despojan del ropaje de verano;  las hojas alfombran el suelo. No se movía nada,  Se pide una brisa suave, tenue, aunque sea casi imperceptible; ni eso.

Dios cambió de  ruta y de paseo;  decidió andárselas por la ciudad. Tenía la barba de muchos días; el pelo mugriento; ropas andrajosas y sucias; los pies…. Los zapatos con las punteras rotas y ajadas. No tenía calcetines (¿cuando llegue la noche, cómo combatirá frío de los pies?) Un vaso de plástico es la extensión más larga de su mano. Pide  unas monedas…

El tren de la vida lleva prisa; demasiada. No tiene parada en muchas estaciones. Son estaciones de lujo. En esas estaciones sobran muchas cosas.  Huelen a perfumes, perfumes caros de esos que embriagan y salen a la puerta y les dan de lleno a los que van de paso.

La vida se va. Estas personas, un día, perdieron el tren. Parece que no quieren subirse. Se han vuelto indiferentes. Tampoco le despachan billete ni le reservan asiento. Son personas ancladas en las estaciones, en bancos que comparten con su soledad.


Algunas veces, Dios, sin que se entere nadie, va y se disfraza de mendigo – en forma de hombre o de mujer, da lo mismo - y se viene a pedir a los pórticos de las iglesias, en las puertas de los establecimientos, en…,  y cuando le vence el cansancio dormitan sobre un banco el parque. A Dios se le ocurren unas cosas más raras…

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