jueves, 12 de febrero de 2015

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La mano de Dios

Las abejas  se han echado al campo con los primeros rayos de sol de la mañana. Han tomado por suyos los almendros. Van de flor en flor como quien va de “sus soledades a sus asuntos”. Liban; zumban y ponen su nota en la sinfonía del campo. Por todos lados, está la mano de Dios.

Las fuentes del arroyo del Sabinal se encuentran un poco más abajo de los Cortigüelos. Uno de los dos cajorros que las forman arranca en la vertiente de Sierra de Aguas; el otro, en la ladera de El Hacho. El arroyo, en sus comienzos, va profundo, encajonado; lleno de misterio. Entre las cañas no se ve pero se oye un rumor de agua. Allí está la mano de Dios.

Las zarzas crecen, a su antojo, enmarañadas. Separan el camino del  curso del agua. Un poco más abajo, sólo un poco más abajo del derrame del nacimiento que alimenta la alberca de la Hedionda están desnudos los álamos negros. Ellos, a su manera,  se las arreglan para pasar el invierno. Es otra manera de ver la mano de Dios.

Un mirlo canta entre la maleza del arroyo; cantan los chamarines, pajarillos tempraneros, que avisan que dentro de unos días ya estará por aquí la primavera; cantan unos jilgueros y cantan otros pájaros. Acaso ¿no es esto la mano de Dios?

Se han  abierto las florecillas amarillas de la yerbabonita. Diminutas, humildes, sencillas. Son flores de invierno. Se abren con el sol; se recogen cuando llega la tarde y se va el día. Es la mano de Dios.


Juncos, altabacas, almeces, fresnos; cañas que mueve el viento; chopos…, tienen su sitio en la ribera del arroyo que busca, aún lejano, el río. Están reventonas las yemas de las parras; anuncian buena trama de flor los olivos; naranjos ahítos de fruta ponen la pincelada de color. Ladran los perros. En el brocal del pozo zurean las palomas. Por allí estaba, esta mañana, la mano de Dios….

No hay comentarios:

Publicar un comentario